Rescatar la memoria.

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9/8/18

“Hay que amigarse con los conflictos” Janine Puget.

 Entrevista a Janine Puget, una de las voces más lúcidas
 del psicoanálisis contemporáneo
En su juventud, la prestigiosa psicoanalista francesa Janine Puget fue secretaria de Enrique Pichon-Rivière en una clínica de Buenos Aires. Todavía faltaba tiempo para que esta analista y médica (no se especializó en Psiquiatría) se convirtiera en una de las voces más lúcidas del psicoanálisis contemporáneo y en uno de los máximos referentes de la terapia vincular. “El tenía una clínica en la calle Copérnico que necesitaba una secretaria y entonces trabajé allí. Y lo de secretaria era especial porque había que recibir a los pacientes, hacer la historia clínica, traducir artículos del inglés, participar de los ateneos”, recuerda Puget, que hizo buena parte de su obra en la Argentina, aunque es motivo de consulta entre los investigadores de todo el mundo. “Además, los jóvenes médicos de ese momento eran amigos míos. Entonces, había un clima muy especial. Recién ahí decidí hacer una reválida de mi bachillerato porque soy francesa.” Antes que en su profesión, Pichon-Rivière influyó más en su manera de concebir la vida “por ese enfoque muy especial y muy amplio que él tenía”, recuerda Puget, quien el sábado recibirá el Premio Dr. Honoris Causa de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Previamente, mañana participará de unas jornadas profesionales (ver aparte).
–Generalmente tiende a pensarse que en el pasado está el origen de todas las dificultades. En los vínculos humanos esto no es necesariamente así, ¿no?Autora de numerosos libros como, por ejemplo, Lo vincular: clínica y técnica psicoanalítica (escrito a cuatro manos con Isidoro Berenstein) y Subjetivación discontinua y psicoanálisis. Incertidumbre y certezas (Lugar Editorial), Puget se especializó en terapias de grupo y luego de pareja y familias y creó una importante elaboración teórica al respecto. “Una preocupación que teníamos en aquel momento era que el psicoanálisis era individual. Era un dispositivo para gente económicamente pudiente. Y había toda una franja de personas que no podían tener acceso. Con personas muy interesantes teníamos un grupo de estudio para ver qué pasaba con los grupos; es decir, que accedieran más personas a la posibilidad terapéutica. De entrada me formé en el psicoanálisis individual y lo que en ese momento se llamaba ‘de grupo’ que, a lo largo de los años lo fuimos llamando ‘vincular’. Lo importante era descubrir que una persona que uno la veía sola no era la misma que cuando la veía en grupo. Y eso nos marcó”, explica Puget.  
–En aquel entonces hubiera dicho eso. Hoy en día, pienso que hay un pasado que descubrió Freud, que es muy importante y que tiene que ver con la vida actual, pero que hay un puro presente que crea pasado: no es el pasado que explica sino un pasado que amplía el presente. Entonces, me fui alejando de las teorías determinísticas que nos enseñó Freud en su momento, y creando dos lógicas heterólogas y superpuestas. Una que puede funcionar con la historia del pasado que explica el presente. Y otra, una historia de puro presente situacional que crea una relación, crea un hacer juntos con el otro, donde importa lo que va pasando. Crea novedad y abre al futuro y no necesariamente explica sino al revés: ayuda a percibir lo que es el efecto perturbador que implica estar con un otro.
–¿Por qué se produce inconsciente en el vínculo?
–Todavía yo no podría afirmar cuál es el estatus del inconsciente que se creó en el vínculo. Tiendo a pensar que el espacio entre dos, que para mí es fundante de cualquier vínculo, es un espacio infranqueable, irreducible. Sería como el flujo, la vida que despierta las ganas de ir estando con otros y ocupa para el vínculo el lugar que el inconsciente ocupa para el aparato psíquico individual. Es una postura un poco fuerte, pero sería un espacio intangible que hace que uno quiera estar pegado al otro y no puede, y que permanentemente es productor de una inquietud, que es lo dinamizante de la relación. Muchas veces, intentamos disminuir diciendo que lo diferente es semejante o es complementario. Es cuando una persona dice: “Sí, sí, yo lo entiendo porque también me pasa”. Ahí se interrumpió la fuerza creadora del vínculo porque no me puede pasar igual, puede pasarme algo semejante, pero no interesa sino que en ese momento, en vez de escuchar al otro, en cuanto otro, lo escucho “en lo que se parece mí”. Entonces, todo lo que tiene de diferente, de extranjeridad desaparece porque lo recubro con “lo que me pasó” o “me viene bien para completar mi idea”. 
–¿El aburrimiento y los reproches son la fuente de los conflictos de la pareja?
–No, son el indicador del conflicto, no la fuente. Es que uno reprocha que el otro no sea como uno quiere, que la vida no sea como uno quiere, pero todo se reprocha: el tiempo, si hace frío porque hace frío y tendría que hacer calor; el calor si hace calor... Los reproches siempre se dirigen a algo que uno imagina que el otro debiera ser o como el mundo debiera ser, pero no es.   
–¿Hasta dónde es posible trabajar lo vincular en una terapia individual?
–Hoy pienso que en terapia individual se usan las dos lógicas: la del aparato psíquico singular y la vincular porque el analista no es solamente objeto de transferencia sino que es sujeto del vínculo. Quiere decir que habla con otro que es el paciente. Entonces, tiene que administrar dos tipos de sus intervenciones. Unas que serían las tradicionales, como las explicaciones, ciertas acotaciones a nivel transferencial y contratransferencial, y otras que son intervenciones, palabra que hemos creado con Isidoro Berenstein: sería que el analista interfiere, no explica sino que interfiere con su pensamiento, su manera de pensar la vida. Crea en la sesión un espacio para pensar. No siempre es fácil porque el paciente no quiere saber qué piensa uno sino que uno se ocupe de él.   
–¿Cuánto tiene de azaroso el motivo por el que dos personas se vinculan?
–Todo, pero es muy difícil aceptar que esos fenómenos de la vida que hacen que dos personas se atraigan y hasta imaginen un futuro juntos son absolutamente azarosos. Como es muy difícil de soportar esa elección azarosa (que ya no es elección) uno trata de explicar: “Es porque se parece a mi papá o a mi mamá” o “Tiene lo que yo no tengo”. Pero es tan difícil de aceptar lo incierto de una elección azarosa que se explica. 
–¿Cree que la vida moderna transformó al matrimonio casi en una empresa, donde no sólo dos se aman sino que negocian?
–No sé si la vida moderna. Pienso que la vida de pareja es conflictiva, como cualquier relación y que, de acuerdo a las épocas, el conflicto se llama de diferentes maneras. Puede ser que hoy tenga mucho que ver con lo práctico, en relación con el capitalismo, la vida actual. Las parejas jóvenes actuales no se manejan de la misma manera, pero tampoco contraen un contrato para siempre. Van haciendo y van haciendo y no tienen ganas de decir que es para siempre. Personas muy jóvenes que yo conozco, hacen. Después sí, hay que distribuirse el trabajo. Hay una parte práctica de la convivencia que puede ser síntoma si la pareja se lleva mal, pero si se llevan bien, las cosas se hacen, no importa quién. Lo mismo para las familias. En una familia que está manejada por el amor, con mayúscula, las cosas se hacen. No se pregunta “¿Te toca?”, “¿No te toca?”, que eso sería el aspecto comercial de la relación.
–¿Qué cambios, en general, nota cuando la persona pasa de hablar del otro en terapia a hablar con el otro en terapia?
–Lo que tratamos en terapia es de hablar entre dos, pero la tendencia es a hablar “de él”, bien o mal, no importa. O hablar de sí mismo, pero conversar, dialogar es algo muy difícil teniendo en cuenta el uno y el otro y que no son lo mismo, que son diferentes y que siempre van a sorprender. ¿Por qué es tan difícil escuchar a otro? Teóricamente, los psicoanalistas saben escuchar. Mi comprobación es que no, que escuchan lo esperado y lo que imaginan que van a poder contestar. Pero escuchar algo que no coincide con lo que yo pensé cuesta mucho. Si usted observa gente dialogando (llamado “dialogando”), en general se escuchan a sí mismos y agregan un poco más: “Es como yo te dije”, “Es como yo sabía”. Pero escuchar genuinamente algo que uno no esperaba descoloca. Y a nadie le gusta que lo descoloquen.
–¿Los cambios socioeconómicos produjeron transformaciones en la constitución de las familias?
–Yo creo que sí. Produjeron diferencias e incrementaron el malestar y la dificultad para hacer algo con el otro, como ahogados por las dificultades diarias, sobre todo en clases menos pudientes, donde las exigencias de la vida nada más que para comer y darle de comer a los chicos son tales que, a veces, no tienen tiempo para estar juntos. Puede suceder que haya una pareja que convive hace tiempo, o una familia, y que recién cuando vienen a terapia descubren lo que es hablar entre los dos. Por ejemplo, van a un café y dicen que hablaron. Hablan todo el tiempo, pero de golpe descubren que estar un rato con el otro no es lo mismo que estar conviviendo todo el día. Pero en este momento y con las grandes dificultades económicas existentes para mucha gente en la sociedad, ¿quién se puede dar el lujo que es darse un rato para estar juntos? Se transforman en robots.    
–¿Algo difícil de aceptar es que la familia implica obligaciones más allá del placer? Es decir, tener que cumplir ciertas pautas, más allá de las voluntades de cada uno...
–El problema de que lo sientan como obligación es un problema de la dinámica de la familia porque es cierto que todos necesitamos comer, lavarnos, que la ropa esté limpia, pero cuando se lo transforma en una obligación que cercena la vida familiar es que hay algo que no anda bien, porque si no, se hacen las cosas. No son todas placenteras, hay muchas de las cosas de la vida que uno hace porque hay que hacerlas, pero ¿yo tengo que justificar que como lo tuve que hacer estoy mal? No. Es decir, que el hacer no se transforme en una obligación penosa, del tipo “que la culpa la tiene la vida” o “la culpa tiene el otro que no lo hizo”. Una familia que funcione bien anímicamente, amorosamente, hace las cosas: “Dame que lo hago yo”. Si no, viene la división capitalista: “Te toca, no me toca”, “Te corresponde, no me corresponde”. Eso son infinitas dificultades.   
–¿Es un avance que se haya modificado en las familias el lugar del saber, que no sólo los padres tienen el conocimiento y que los hijos no son tabula rasa?
–Yo creo que es un avance enorme, pero cuesta mucho aceptar que en una relación entre personas, no importa la edad ni el sexo, entre todos se aprende algo. Y a las generaciones viejas les cuesta mucho aceptar que los jóvenes saben más que ellos. Es de los jóvenes que tenemos que aprender porque saben cosas que nosotros no hemos aprendido.  
–Cambiando un poco de tema, ¿su conocimiento sobre el terrorismo de Estado la llevó a formular la noción de “subjetividad social” o este concepto tiene que ver con traumas sociales anteriores?
–Hace mucho que me ocupo de la subjetividad social, casi desde mis comienzos. El país me ofreció la posibilidad de pensar distintos momentos difíciles referidos a las dictaduras. Tal vez mi pasado (yo soy francesa) también tuvo que ver en mi interés por lo social, pero en ese momento no tanto. Y durante el terrorismo de Estado he trabajado mucho en relación con los desaparecidos, la violencia de Estado y sus efectos durante varios años. Poco a poco, con un montón de gente pudimos ir escribiendo y haciendo pública nuestra manera de pensar sobre los efectos del terrorismo de Estado y las desapariciones. Y el mundo me da acceso a muchos temas de ese tipo. 
–En el libro Subjetivación discontinua y psicoanálisis, usted se pregunta: “¿Qué harán las generaciones venideras con lo que el psicoanálisis no ha contemplado que hace a la subjetividad actual y contemporánea de los jóvenes, de las familias llamadas nuevas, de las parejas con sus organizaciones actuales?”. ¿Cuál podría ser hoy una respuesta a esto?
–La verdad es que me resulta difícil pensar, pero yo creo que el psicoanálisis, a medida que va pasando el tiempo, tiene que tener algunas hipótesis nuevas, algunos comportamientos de los analistas distintos a los anteriores, como para que tengamos un psicoanálisis que pueda ser pensado y adecuado para jóvenes que no piensan como uno. Ahí me centro en el estudio de las diferencias, lo que llamo “la diferencia radical”. No vamos a tener que ayudar solamente a los pacientes jóvenes a que vayan pensando sus conflictos sino que mi idea hoy en día es que hay que amigarse con los conflictos. Más que decirles que los vamos a resolver, como se pudo decir en la época de Freud, hoy en día sería amigarse con los conflictos. Claro que amigarse lleva un tiempo, pero que se transforme algo pesado en algo lúdico. Si uno ofrece un espacio para dialogar, para pensar juntos, los jóvenes acceden.
 Si es para decirles nosotros cómo tienen que pensar, el psicoanálisis muere.

17/5/17

Razón de las ovejas enfermizas.

" Los sujetos son efecto de una interacción constante
 entre “lo biológico” y “lo social”
 a través de la cual se construye la historia."



Por Luis Hornstein
La moral y la felicidad, antes enemigas irreductibles, se han fusionado; actualmente resulta inmoral no ser feliz. Hemos pasado de una civilización del deber a una del placer. Allí donde se sacralizaba la abnegación y la privacidad tenemos ahora la evasión, la violencia mediática y la frivolidad. La dictadura de la euforia sumerge en la vergüenza a los que sufren. No sólo la felicidad constituye, junto con el mercado de la espiritualidad, una de las mayores industrias de la época, sino que es también el nuevo orden moral.
El hombre actual sufre por no querer sufrir. Quiere anestesia en la vida cotidiana. Ciertos sufrimientos sólo preocupan cuando son desmesurados, sea por la duración, sea por la intensidad. Para atenuarlos, para borrarlos, recurrimos a diversas estrategias: los fármacos, el alcohol, las drogas, la calma chicha de ciertas corrientes orientales que decretan vanos nuestros afectos y compromisos. Otra estrategia es el infantilismo y la victimización. Ambas intentan eludir las consecuencias de los propios actos. “‘Sufro: indudablemente alguien tiene que ser el causante’: así razonan las ovejas enfermizas”, escribió Nietzsche.
¿Qué es el infantilismo?  El infantilismo combina una exigencia de seguridad con una avidez sin límites. La victimización es convertirse en inimputable según el modelo de los damnificados. Al demostrar que el ser humano es movido también por fuerzas que no conoce (lo inconsciente), Freud proporcionó una batería de pretextos para justificar sus actos (mi infancia desgraciada, mi madre “castradora”, mi padre ausente). La infancia termina con la pubertad. Pero tiene sus reediciones, que aportan un flujo renovador. Tal vez una vida más plena sea éso. No es necesario hacerse todas las cirugías ni hablar a la moda, basta con recuperar la capacidad de asombro de la infancia.
En toda pérdida –la muerte o rechazo de alguien significativo, el despido laboral, los sinsabores de un proyecto– está presente una distancia: entre antes y ahora, entre realidad y fantasía. Eso duele. Es un dolor que a veces intenta extirparse con psicofármacos, con alcohol o con otras conductas de evasión. Algún día, para el que perdió a un ser querido y creyó haber perdido todo, el sufrimiento deja de estar omnipresente. Sin embargo, todos conocemos personas que son un continuo lamento.
La persona que sufre tiene dificultades para “investir”, para poner combustible al motor de su psique. “Investir” e “invertir” a veces son sinónimos. Invierto en la carrera universitaria o deportiva de mi hijo. Invierto esperanzas en una corriente política o un proyecto. “Desinvestir” es el proceso inverso: retirar la inversión, el entusiasmo, el interés. La indiferencia se convierte en escudo contra ciertas afrentas. A veces son repliegues tácticos, para volver a la carga. A veces implican que uno ha bajado los brazos.
Abordar los sufrimientos actuales implica considerar las dimensiones subjetivas de los procesos sociales. La tarea concierne a diversas disciplinas. ¿Podremos intercambiar? Vean la lista de los autores leídos por Freud: poetas, filósofos, médicos, historiadores, políticos, biólogos. Vean cómo mantiene el timón en el mar embravecido de tanta lectura, que a otro llevaría al eclecticismo o a la dispersión.
Vivimos en lo efímero, la obsolescencia acelerada. Un modo bursátil de vivir, a la Wall Street. Hoy “se usa” un aire juguetón de ligereza, el compromiso light. Algo falla en el pum para arriba, que necesita drogas diversas, anabólicos, bebidas energizantes. Este “politeísmo de los valores” al decir de Max Weber, esta ausencia de brújulas éticas, ¿qué sufrimientos genera? ¿Cómo orientarnos en este laberinto? Esa crisis no es sólo la de los marcos morales heredados de las grandes confesiones religiosas, sino también la de los valores laicos que les sucedieron (ciencia, progreso, emancipación de los pueblos, ideales solidarios y humanistas). Algunos buscan una restauración retornando a los valores tradicionales (nacionalismo, familiarismo, fundamentalismo, integrismo) o en la búsqueda de ideales new age. Ya no hay tampoco una tradición indiscutida de la familia (las hay ampliadas, nucleares, monoparentales, homosexuales, etcétera).
La práctica nos confronta con un cóctel de sufrimientos: oscilaciones intensas de la autoestima y desesperanza, apatía, hipocondría, trastornos del sueño y del apetito, crisis de ideales y valores, identidades borrosas, impulsiones, adicciones, labilidad en los vínculos, síntomas psicosomáticos.
Los pacientes fragmentados por los especialistas devienen presos del nomadismo de los hipocondríacos y van de consulta en consulta. Son escépticos que no creen en ningún tratamiento pero que los prueban todos, acumulan homeopatía, acupuntura, hipnosis y alopatía. Pero no es imposible encontrar una escucha que contenga. Será la oportunidad de inscribir el sufrimiento en la trama de una historia personal.
Marea la cantidad de síntomas que no se dejan arrear fácilmente a los tres corrales de la neurosis, la perversión y la psicosis. Ante el mareo hay soluciones que evitan el reduccionismo pero nos obligan a estudiar. O bien, como Ulises, nos atamos al mástil salvador de la clínica.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, conocido como DSM, es uno de los intentos de evitar el mareo. Fue ideado para encontrar un esperanto entre distintas corrientes. Soslayando el conflicto instaló la paz, una paz que se parece a la del sepulcro. A veces los diagnósticos hacen olvidar que estamos en una intrincada selva y no en un cómodo safari. La psicología se ocupa de pasiones y sufrimientos. El DSM IV no ha logrado aquietarlos, los ha anestesiado mediante categorías que tranquilizan al psiquiatra, pero no aquietan las tormentas subjetivas.
Los casos “puros” no abundan. ¿Existe la pureza? Todo lo que vive ensucia, todo lo que limpia mata. El agua pura es agua sin mezcla, y, por lo tanto, es un agua muerta, lo cual dice mucho sobre la vida y sobre una cierta nostalgia de la pureza.
En la última década, los avances de la genética han sido apabullantes. Hay un gen para la salud y la enfermedad, para la criminalidad, la violencia y hasta para el “consumismo compulsivo”. Para el biologicismo los sufrimientos psíquicos no tendrían que ver con el desempleo, la brecha entre riqueza y pobreza extremas, las injusticias sociales o las formas enfermantes de convivencia. Desmiente así los problemas subjetivos o sociales al pensar solo en causalidades biológicas. Se ilusiona con que el conocimiento de los 3000 millones de nucleótidos que forman el genoma humano tendría la clave de lo viviente. El objetivo es convencer al público de que las enfermedades para las que no se ha encontrado una causa microbiana o viral tendrían un origen genético que se acepta matizar con consideraciones sobre el modo de vida (alimentación, cigarrillo, actividad física, ansiedad o depresión).
¡Qué alivio sería encontrar un gen del sufrimiento! Tal sería dar con un gen de la felicidad o del fanatismo... La vida tendría la linealidad de un programa: estaría inscripta, en la arborescencia del ADN. Habría ansiosos impregnados por la adrenalina y la serotonina y habría atontados con el cerebro inundado de dopamina. Sin embargo, el misterio del sufrimiento psíquico no se reduce a la genética. La vida tiene la estructura de una promesa, no de un programa.
Por supuesto que lo biológico no debe ser excluido, más allá de la propaganda de las empresas farmacéuticas. Los sujetos no son espíritus libres restringidos solamente por los límites de la imaginación o por los determinantes socioeconómicos. Pero tampoco son máquinas replicadoras de ADN. Son efecto de una interacción constante entre “lo biológico” y “lo social” a través de la cual se construye la historia. Los sufrimientos deben ser abordados desde el paradigma de la complejidad considerando la acción conjunta de la herencia, la situación personal, la historia, los conflictos, la enfermedad corporal, las condiciones histórico-sociales, las vivencias, el funcionamiento del organismo sin descartar los desequilibrios bioquímicos.
Fundación de Estudios Psicoanalíticos - Fundep.

13/10/16

"Nuevas inseguridades" . Andrea Homene .

"Hay chicos a los que les hemos robado la infancia.
 Y, a veces, esos chicos cometen actos que les generan conflictos con la ley.
 A esos chicos, ¿ahora también creemos que les podemos “robar la vida”?"
Andrea Homene


 Por Andrea Homene *
En el año 2014, a propósito de los recurrentes “linchamientos” que amenazaban con constituirse en una modalidad habitual legitimada por el discurso mediático respecto a la “inseguridad”, escribía este artículo. Dos años después, un médico mata de cuatro balazos a un joven cuando éste intentaba huir llevándose su automóvil; un carnicero persigue y aplasta a un hombre que acababa de robar en su local, y varias personas completan la obra golpeando al presunto ladrón, quien yace aplastado debajo del automóvil.
Una vez más, cierta parte del periodismo “independiente” monta debates en los que se somete a discusión si matar a un delincuente “está bien o está mal”, inaugurando una serie de intervenciones discursivas impropias de un estado de derecho, y de una sociedad que se pretende “civilizada”.
Por ello es que elegí rescatar aquel texto de 2014, y reproducirlo sin modificaciones. Tal vez, asombrada por la vigencia del mismo, por la reiteración cíclica de períodos de libre albedrío en cuanto a la cuestión criminal. Porque sepámoslo, quien mata a otro actúa de manera criminal, más allá del maquillaje con el que se pretendan disfrazar los hechos y sus autores.
Alarmante. Horroroso. Salvaje.
 Adjetivos que no alcanzan para calificar los hechos que se han producido en los últimos días, en los que “vecinos vengadores” atacaron violentamente a dos jóvenes, supuestamente autores de intentos de hurto, en la vía pública.
 En uno de esos casos, el joven falleció como consecuencia de la golpiza a la que fue sometido por un grupo de sujetos enardecidos que se arrogaron el derecho de aplicar un particular modo de “justicia” con sus propias manos.
Igual de preocupante es la repercusión que en las redes sociales han tenido tales atrocidades. Amparados en el anonimato, otros individuos han festejado el castigo aplicado y felicitado a los vecinos, llamándolos “héroes”.
El silencio cómplice tanto de los que participaron de la agresión como de aquellos que la presenciaron y no la evitaron, ha hecho que hasta el momento no se haya identificado a los autores.
Los agresores, probablemente padres de familia, empleados, oficinistas, mozos, choferes, profesionales, etc, han devenido homicidas, y el hecho de que el ataque se haya consumado en masa, no los exime de la responsabilidad penal que conlleva asesinar a un hombre. Es más, la circunstancia de haberlo ejecutado en grupo, para el código penal constituye un agravante, no un atenuante. Y en términos subjetivos, no existe ninguna razón que los exima de su responsabilidad.
Sin embargo, es probable que cada uno de ellos haya regresado a sus hogares con un sentimiento triunfal, por creerse por un momento poseedores del derecho de tomar la justicia en sus manos, y hasta quizás justificando su incalificable acción en la presunta ineficacia del sistema judicial.
Es también probable que cada uno de ellos, en forma individual, no hubiera desplegado la saña con la que atacaron a estos jóvenes; envalentonados por la participación de varios sujetos, llegaron a dar muerte a un joven, sin detenerse ni un instante a pensar en lo que hacían.
Si hay algo que distingue (o distinguía, ya no sé) a los sujetos humanos de los animales, es el pensamiento y el lenguaje. Y el hecho de vivir en una sociedad con un ordenamiento jurídico que regula las acciones de los hombres.
La regulación de los impulsos es el resultado del atravesamiento de la cultura.
 Porque desde nuestro nacimiento somos seres sociales, lo natural, lo instintivo, esta perdido para siempre. Ahora me pregunto, ¿para siempre? ¿O existen circunstancias en las que los sujetos dan rienda suelta a sus impulsos, sin importar la acción en juego, el daño causado y las consecuencias de tales actos?
Resulta en extremo peligroso “justificar” estos ataques, sea cual fuere el argumento esgrimido.
Como país, tenemos un penoso pasado en el que unos cuantos individuos que se apoderaron ilegítimamente de un gobierno han aplicado la “pena de muerte” o la “justicia por mano propia” utilizando un criterio que nada tiene que ver con los códigos penales ni con la aplicación de la ley. Aún hoy esperamos que algunos de ellos sean juzgados y condenados por sus actos, en el caso en que hayan infringido la ley.
Abrigo la ilusión de que alguno, tal vez sólo uno, de aquellos que participaron de las golpizas y asesinato de estos jóvenes, experimente la culpa que su acto debiera suscitar, y lo conduzca a ponerse a disposición de la justicia.
Sepan que quienes atacaron y dieron muerte a golpes a estos pibes son asesinos.
 Y no existe razón alguna que exima de responsabilidad a quienes en pleno ejercicio de sus facultades mentales cause heridas o la muerte a otro.
Si la inseguridad es la mayor preocupación actual de los argentinos, y los ciudadanos “comunes” son capaces de golpear hasta la muerte a un presunto ladrón, está muy bien que nos sintamos inseguros. Inseguros frente a nosotros mismos, frente a las acciones de la que es capaz un hombre, cuando da rienda suelta a lo pulsional, cuando los frenos inhibitorios que funcionan habitualmente regulando la expresión de la agresión fracasan.
Si el o los jóvenes que intentaron robar una cartera “merecen la muerte” (tal parece haber sido la conclusión a la que rápidamente arribaron los “justicieros”), ¿qué sanción social y jurídica merecen quienes cobardemente atacaron al presunto ladrón causándole la muerte a golpes, al estilo del más retrógrado y despreciable sistema de castigos de sociedades primitivas?
Hay chicos que roban, es verdad, pero también hay chicos a los que les hemos robado la infancia. Y a veces esos chicos cometen actos que les generan conflictos con la ley. A esos chicos, ¿ahora también creemos que les podemos “robar la vida”?
* Psicoanalista. Autora del libro : "Psicoanálisis en las Trincheras." Práctica Analítica y Derecho Penal. (Letra Viva).
Fuente : Página 12.