Rescatar la memoria.

Rescatar la memoria.

15/2/19

¿Qué fue de tu vida? Osvaldo Bayer - 11-03-11 (4 de 4)


El bondadoso ajusticiador


Artículo publicado el 7 de noviembre de 2009 en Página /12 por Osvaldo Bayer.

El próximo lunes 9 se cumplirán cien años de un suceso que conmocionó a Buenos Aires. Un joven ruso, de 18 años, había hecho volar por el aire con una bomba nada menos que al todopoderoso jefe de policía de Buenos Aires, coronel Ramón L. Falcón. El ejecutor era un anarquista llamado Simón Radowitzky y con su acción quiso vengar a sus compañeros asesinados el 1º de mayo de ese 1909, en la represión encabezada por el militar contra la manifestación de los obreros que recordaban las figuras de los cinco anarquistas condenados a muerte por la Justicia de Estados Unidos, por su lucha a favor de las ocho horas de trabajo. Un muchacho recién salido de la adolescencia, nacido en Rusia, y “además judío”, como señalaban las crónicas de nuestros diarios, se atrevía contra quien aparecía como el hombre de más poder en todo el país.
El coronel Falcón había sido el mejor oficial del general Roca en el exterminio de los pueblos originarios en la denominada Campaña del Desierto. Además, había llegado a la fama en aquella Argentina conservadora como el represor de las huelgas de conventillos, llevadas a cabo por las mujeres inmigrantes que se negaban a pagar los aumentos constantes del alquiler por parte de los propietarios. El coronel Falcón demostró su hombría de bien y su título de coronel entrando a palo limpio en esos palomares de la miseria y del hacinamiento que eran los miserables domicilios de 140 habitantes por conventillo, que poseían un solo excusado como se llamaba a los retretes de aquel tiempo. Ya como Roca lo había llevado a cabo el 1º de mayo de 1904, Falcón imitó a su jefe ese Día del Trabajador y atacó a los setenta mil obreros que llenaban la Plaza Lorea. Las crónicas dirán luego que quedaron “36 charcos de sangre”. Fue un ataque feroz de total cobardía porque, sin aviso previo, el militar ordenó a la fusilería de la policía abrir fuego contra las columnas obreras. Pero los anarquistas no eran hombres de arrugar y guardar silencio. Desde ese momento dijeron que el tirano iba a pagar con su vida tamaña cobardía. Y fue así como ese joven ruso, Simón, se ofreció a no dejar impune el crimen del poder. Le arrojó la bomba a la salida de un acto en el cementerio de la Recoleta y tanto el coronel como su secretario fallecieron por efectos del explosivo. Cómo lloraron los diarios al dar la noticia, en especial La Nación. Había sido muerto uno de los pilares del sistema.
La historia continuará con el destino de Simón. Lo apresarán. Le iniciarán juicio y lo condenarán a muerte, aunque él siempre sostuvo que era menor de edad. Para esos menores de edad y para las mujeres no había pena de muerte. Lo demostrará con una partida de nacimiento llegada de Rusia y será condenado a prisión perpetua. Como no tuvo éxito una huida preparada por sus compañeros anarquistas fue trasladado a Ushuaia, la Siberia argentina, donde todo preso iba indefectiblemente a morir. Más todavía, que cuando llegaba el aniversario de su atentado contra Falcón, se lo condenaba a estar una semana en un calabozo al aire libre, sin calefacción. Pero el “ruso” Simón se fue convirtiendo en el alma del presidio. El siempre daba un paso al frente en la protesta cuando a algún otro preso se lo castigaba o se cometían injusticias en el trato general. Fue durante toda su estada el verdadero “delegado” defensor de esos presos comunes. Y políticos. Por eso mismo se lo sometía a un tratamiento de terror. Pero el “ángel de Ushuaia”, como se lo llamaba, no daba su brazo a torcer sin temor a las represalias de los guardiacárceles. Los que lean La casa de los muertos o El sepulcro de los vivos, del gran escritor Fedor Dostoievsky, que describe las cárceles de Siberia, y sufren con los padecimientos de los condenados, no sospechan que en territorio argentino existió un lugar exactamente igual construido por Roca, de donde son muy pocos los que salieron con vida o retornaron a la sociedad con sus facultades mentales normales.
Los anarquistas de todo el país siempre lo recordaron a Simón y lucharon en grandes jornadas de manifestaciones por su libertad. E intentaron un operativo como sólo los anarquistas sabían prepararlos. Lograron liberarlo y embarcarlo en un pequeño velero rumbo a Chile pero, cerca de Punta Arenas, guardias chilenos lo sorprenden y lo entregan nuevamente a las autoridades argentinas. La venganza será tremenda: Simón será encerrado durante más de dos años en una celda, aislado, sin ver la luz del sol y sólo a media ración. Pero en los círculos obreros y políticos, Simón gana cada vez más popularidad. Las calles de Buenos Aires y de otras ciudades tendrán pintadas con “Libertad a Simón” y su retrato aparece en las ediciones de todas las publicaciones libertarias.
Mientras tanto, le envían dinero que se recauda en las fábricas. Pero Simón no lo aprovecha para su persona sino que lo reparte entre los enfermos del penal y la compra de libros para la escasa biblioteca de la cárcel. Los pedidos de indulto para el preso le llueven al presidente Yrigoyen, quien finalmente se lo otorgará en el 13 de abril de 1930. Simón había padecido veintiún años de prisión. Pero la reacción de los militares y de la prensa es muy grande contra la decisión del primer mandatario. De manera que el preso es traído por un barco de la marina de guerra hasta el Río de la Plata. Allí es obligado a trasladarse al buque de la carrera que une a Buenos Aires con Montevideo y de esa manera es expulsado del país hacia Uruguay.
Allí, en la otra orilla, es recibido por manifestaciones obreras que le dan lugar en sus sedes y lo saludan como al mejor compañero. Al quedar libre, Simón recuerda a sus compañeros presos en Ushuaia y dirá: “La separación de mis compañeros de infortunio fue muy dolorosa”. Comenzará a trabajar días después como mecánico y más tarde se prestará a ser mensajero entre los anarquistas del Uruguay y de Brasil. Hasta que se acaba la democracia en la Banda Oriental y comienza la dictadura de Terra, quien ordena su detención. El anarquista es confinado en la isla de Flores. Allí las condiciones son pésimas. Debe dormir en un sótano. Permanecerá más de tres años en esas condiciones hasta que sus compañeros de ideas logran su libertad. Pero al llegar a Montevideo es apresado nuevamente y llevado a la cárcel. Hasta que, liberado de nuevo, decide marchar a España donde ha estallado la guerra civil con el levantamiento de los militares de Franco contra la República. Allá Simón formará parte de los grupos que lucharán contra los militares alzados. Pero no usará armas, oficiará de transportador de alimentos para las tropas del frente, principalmente para los soldados que están en trincheras. Hasta que llega la derrota del pueblo y Simón será uno de los tantos que marchará a Francia a refugiarse y de allí podrá embarcarse hacia México.
En México pedirá trabajar en una fábrica de juguetes para niños. Así transcurrirán los últimos dieciséis años de su vida entre el trabajo y las charlas y conferencias que daba a sus compañeros de ideas. Siempre sostuvo, hasta el fin, que la gran revolución humana sólo la podía hacer el socialismo libertario, hasta lograr la paz eterna y la igualdad entre los pueblos.
En la Argentina, los dueños del poder siempre trataron de ignorar esta figura que parecía salida de una novela de Dostoievsky. El que había alzado la mano para eliminar a un tirano y que en su vida posterior se comportó como un ser de bondad extrema y de espíritu de solidaridad con los que sufren. En la década del sesenta publiqué un estudio sobre este ser humano que titulé: “Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?”, en la revista Todo es Historia, que dirigía Félix Luna.
 Siempre le agradeceré a Falucho Luna ese gesto, de permitirme publicar en sus páginas investigaciones sobre los héroes libertarios que actuaron en nuestro país en las primeras décadas del siglo pasado.
OSVALDO  BAYER.

13/2/19

¿Qué fue de tu vida? Osvaldo Bayer - 11-03-11 (3 de 4)


“Facón Grande” en Frankfurt

Osvaldo Bayer.
Paseo por esta Feria del Libro titulada con orgullo “la feria del libro más grande del mundo”. Un mérito, sin duda.
Pienso. Mientras, recorro estos inmensos salones con libros que sonríen por todos lados y nuestros escritores que desde grandes retratos miran más extrañados que nunca al mundo que los rodea. Y Rep, que los presenta tal cual eran en realidad en sus murales que nos persiguen y nos ponen alas de mariposas.
Libros, libros, libros. Me digo: en el país que alguna vez fue el mayor exportador de armas del mundo, encontramos esto.
Antes, el máuser, la cruz de hierro como símbolos de la virilidad noble. Y aquí libros, con personajes y fantasías que se asoman y nos invitan a abrirlos. El lento camino a la sabiduría, hoja por hoja.
Libreros que hablan alto, bibliotecarios que ordenan letra por letra. Escritores que sonríen en el paraíso, personajes de la fantasía que se asoman por todos los rincones en este aeropuerto de ilusiones.
Ilusiones. De pronto me dan golpecitos en la espalda. Es el editor alemán Dieter Schmidt. Sin pronunciar una sola palabra, pone un libro en mis manos con gesto algo religioso. Miro la tapa: el gaucho Facón Grande. El patagónico.
No puedo creerlo. Facón Grande en la Feria de libro de Frankfurt. La Historia hace justicia. El gaucho fusilado por el Ejército argentino por haber puesto la cara para pedir un poco más de dignidad para los trabajadores patagónicos en aquel tétrico 1921 de Hipólito Yrigoyen.
El editor Dieter Schmidt me entrega la edición alemana de La Patagonia rebelde. La acaricio. Ocho años de exilio me costó publicarla en mi país argentino. Y ahora se publica en el país donde pasé mi exilio. El destino. La paradoja humana. Me alegro sobre todo por Wilckens. Kurt Gustav Wilckens, el anarquista alemán que hizo justicia a tantos peones fusilados. Aquella mañana de enero de 1923, cuando esperó en la calle Fitz Roy, enfrente del 1º de Infantería, en Palermo. Cuando el orgulloso teniente coronel Varela salía de su casa con sus botas bien lustradas. Le salió al paso y lo enfrentó. Frente a frente. Y allí le arrojó el envío del vengador. La explosión de la ira del pueblo, la bomba libertaria. La explosión despertó a Buenos Aires. Los anarquistas en los barrios obreros cantaron ese día “Hijo del Pueblo”, por Wilckens. El alemán no se dio prisa. Le acertó luego seis balazos al uniformado fusilador. Las balas con las cuales había fusilado a cientos de peones rurales patagónicos ahora se daban vuelta y acababan con el fusilador. Nada queda impune.
Wilckens fue asesinado en la cárcel por un mercenario. Recuerdo cuando hace más de tres décadas viajé a la ciudad alemana de Bad Bramstedt, lugar donde había nacido Wilckens y encontré su casa paterna. Me recibió un sobrino suyo, quien me saludó como si me hubiera esperado toda la vida. El siempre había investigado sobre cuál había sido el destino de su tío Kurt Gustav Wilckens y ahora llegaba un desconocido de un país tan lejano como Argentina para darle noticias de él. Le dije que Kurt Gustav había muerto, asesinado en la cárcel, y le relaté su tarea de vengador de 1500 peones patagónicos fusilados por el Ejército argentino. Recuerdo su emoción. Primero creyó que le venía a contar sólo fantasías argentinas, pero luego, al abundar yo en datos, se dio cuenta de que estaba ante la verdad. Me abrió los cajones de un viejo escritorio. Allí había fotos familiares de la niñez y la juventud del vengador, papeles y cartas.
En la Feria del Libro de Frankfurt me paseo por largos corredores entre los miles de libros expuestos. Me prometo a mí mismo ir a llevar un libro de La Patagonia rebelde de esta edición alemana a la biblioteca de la ciudad natal de Wilckens. Tal vez algún sindicato de esa ciudad llame a su salón de asambleas, en el futuro, con el nombre de “Kurt Gustav Wilckens”, el que dio su vida para vengar la muerte de tantos trabajadores.
También pienso en aquellos dos huelguistas, el “alemán” Otto, cuyo apellido nunca pude encontrar, y Pablo Schulz, de origen también alemán. El “alemán” Otto –como era nombrado por sus compañeros– le gritó antes de morir al fusilador capitán Viñas Ibarra: “Así no se mata a un hombre, ni en la guerra europea se fusiló a prisioneros desarmados”, y antes de morir le dijo a otro alemán, Walter Knoll: “Saludos a la vieja patria”.
Pienso en ellos y en que sus vidas han quedado retratadas en idioma alemán, en esta edición. Tal vez por relatos familiares alguien los volverá a descubrir y se atreva a visitar la Patagonia y poner una flor en las tumbas masivas de fusilados, hoy ya señalizadas.
Fueron a morir lejos, injustamente. Por pedir apenas un poco más de dignidad.
Espero que al leer estas líneas algún afiliado al partido radical influya para que por fin esa entidad política pida disculpas por ese crimen masivo de tal magnitud cometido por el gobierno de Hipólito Yrigoyen.
Tuve también la satisfacción de que el film Awka Liwen (“Rebelde amanecer”) sobre el genocidio cometido por Roca contra nuestros pueblos originarios se diera en plena Feria del Libro de Frankfurt. Ver en pantalla los rostros de los hijos de la tierra. Narrar la tragedia de los genocidios cometidos en nuestras pampas por Rauch, Rosas y Roca. El desalojo de esos pueblos de sus tierras ancestrales, y su persistencia de vivir pese a todo con su música casi silenciosa, con los ecos de sus horizontes lejanos, con el trabajo de sus manos y la tristeza nunca olvidada de su pasado. Primero, los españoles con su codicia; luego los argentinos uniformados. Al final del film hubo un aplauso cerrado seguido de un silencio profundo. Emoción. Y un sentimiento de culpa europeo. Por sus antepasados, los “colonizadores”.
Este público tan europeo tomó conciencia. Las preguntas se sucedieron. ¿Cómo pudo ocurrir eso? Sí, la codicia. La Sociedad Rural Argentina financió parte de la expedición de Julio Asesino Roca, perdón, Julio Argentino Roca. Al presidente de la Sociedad Rural Argentina de ese entonces, Martínez de Hoz, les fueron otorgadas 2.500.000 hectáreas de tierras. ¿Cómo? Sí, en letras: dos millones quinientas mil hectáreas, Martínez de Hoz, el bisabuelo, nombre conocido ¿no?
Claro, pero hubo también europeos que hicieron cosas buenas en nuestro suelo. Me gustó mucho que los alemanes hicieran ayer un homenaje al editor Peuser. ¿Se acuerdan de la Guía Peuser? ¿Y de la editorial Peuser? Tal vez la más famosa de las editoriales argentinas del siglo pasado. Peuser fue un alemán que emigró a la Argentina, innovador de la técnica editorial, importando siempre las máquinas impresoras más modernas. Fue un editor de la literatura gauchesca y su edición del Fausto de Estanislao del Campo batió todos los records de ventas. Llegado de Alemania a los 14 años, hijo de un humilde zapatero, llegó a ser uno de los editores más grandes del suelo argentino y además, con su tendencia social, fundó en su empresa la primera caja médica para atender a sus empleados y obreros. 
Merecido homenaje.
 Su bisnieta, presente en el acto, derramó lágrimas agradecidas.
 Un fabricante de libros, no de armas, don Peuser.
Artículo escrito por Osvaldo Bayer en Página/12 en octubre de 2010.