Rescatar la memoria.

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2/4/26

2 DE ABRIL.

 : 

“Malvinas es la única guerra del mundo donde murieron los soldados 

y se rindieron los generales, almirantes, brigadieres, coroneles, vicealmirantes, 

contralmirantes, mayores, capitanes, sargentos, cabos primeros”

Osvaldo Bayer: 

5/4/24

"Soldados" . Gustavo Caso Rosendi

 
"Malvinas no fue un tema que Gustavo Caso Rosendi abordara en sus comienzos como poeta.

 Probablemente, el poeta ya intuía que no se escribe con el dolor, sino con el recuerdo del mismo.

 Ese dejar decantar el tema, esa distancia en el tiempo hasta llegar a "Soldados", 

le permitió transformar un hecho doloroso en un hecho estético,

 para decirnos que, tal vez, se escriba porque se ha perdido una experiencia inefable,

 y al escribirla se realiza una experiencia del lenguaje".

 Martín Raninqueo

Prólogo de "Soldados".

3/4/23

"Los chicos de Malvinas."

“Me hizo comer entre el propio excremento”

Después de pasar años callado, Katz acusó a Ardoino por torturas y discriminación: en su caso los abusos eran mayores por su condición de judío. “Fui víctima de una injusticia y quiero justicia, nada más”, dice.





 Por Victoria Ginzberg

Silvio Katz tenía 19 años y le faltaban quince días para que le dieran la baja del servicio militar que cumplía en el Regimiento de La Tablada cuando le comunicaron que se iba para el sur. Se suponía que iba a quedar en el continente, pero terminó en las Malvinas. Al Silvio Katz de 19 años lo mató Eduardo Flores Ardoino. No era un soldado inglés, era el oficial de su compañía. Y lo mató porque era judío.

“Volví de la guerra y nunca más fui a bailar, para ir al cine tardé meses, en reír tardé más. Para reírme con ganas, pasaron tres o cuatro años. Uno a veces crece de golpe, dicen que se queman etapas. A mí, me incendiaron etapas”, asegura el Silvio Katz, de 49.

Estuvo años callado, sin compartir con nadie lo que había vivido en la guerra. No se animaba. Y no creía que pedir explicaciones era algo que pudiera hacer, que buscar justicia no era una excentricidad sino su derecho. Hace tres años sumó su denuncia a la de otros ex colimbas que estuvieron en las islas. Acusó a Ardoino por torturas y discriminación, porque todos los maltratos que sufrieron sus compañeros fueron más y peores para él, porque era judío.

–Limpien el armamento y vos, judío de mierda, apurate –mandó Ardoino apenas llegados a Malvinas.

Katz abrió los ojos sorprendido. El oficial acababa de dar la orden, así que era imposible que estuviera rezagado. Poco después supo que ese tipo de maltrato verbal era una muestra muy mínima del odio del militar. “En ese momento no me di cuenta, pero si reviso para atrás, lo veo y hasta el peinado nazi tenía, se peinaba con la gomina para atrás, tenía ese porte de sacar pecho... Rápidamente –cuenta– pasé de ser un judío de mierda a ser un judío traidor, un judío cagón y un judío homosexual.”

El “lago de los lamentos” era un charco grande de agua casi congelada, con una capa de hielo arriba. Cuando Ardoino decidía que alguno de sus subordinados había cometido una falta, los obligaba a sumergir las manos entre diez y veinte minutos, hasta que se les atrofiaran los dedos. Katz, por judío, tenía que poner también la cabeza, que se le acalambraba.

Lo destinaron a la bahía de los Elefantes. Con sus compañeros, cavaban pozos donde intentaban dormir cuando no estaban inundados, buscaban quebrar la barrera del frío con varias camisas y los primeros días comían un pasable guiso. Pero pronto el alimento viró hacia una especie de sopa insípida con un par de arvejas.

“Un muchacho que ahora vive en Uruguay y yo fuimos una vez a buscar comida al pueblo –cuenta Katz–. Ardoino nos sacó lo que habíamos comprado para todos y nos estaqueó. Era como Túpac Amaru sin caballos. Ponen cuatro estacas en el suelo y te ponen con los brazos y las piernas estiradas a diez centímetros del suelo. Veinte grados bajo cero y vos con calzoncillos y una remera de manga corta. Y te dejan horas. A mi compañero, porque era ‘rebelde’, le puso una granada en la boca que si llegaba a escupirla volábamos los dos. Y a mí, por ser judío, me hizo orinar por mis compañeros.”

–¿Y los otros soldados se prendían?

–Algunos sí, una minoría. La gran mayoría me apoyaba. No al punto de salir a defenderme, porque era muy complicado, porque si me defendían los ponían a ellos en ese castigo. Siempre hablábamos de que, si se armaba el lío, el primer tiro era para él. Cuando yo volvía de un castigo llorando o mal, me decían “Quedate tranquilo que esta bala se llama Eduardo Flores Ardoino”. Pero en el momento no se podía hacer nada, era imposible reaccionar. Los militares de mayor rango estaban en el pueblo, no les importaba y en todo caso si te quejabas decían: “De qué se queja, cagón, sea hombre”. Ser torturado era supuestamente para ser hombre. Era imposible, no teníamos quién escuche.

Como no les daban de comer, un día cazaron un cordero. Ardoino se los sacó. Muchos protestaron. Los sometieron al castigo de la mano en el agua helada. Pero a Katz no, porque era judío: “Me llevó donde defecábamos, me tiró la comida, me apuntó con una pistola y me hizo comer entre el propio excremento. Ahora lo cuento como si nada, pero estuve 22 años viéndolo. Era una imagen que no se me iba de la cabeza”.

La risa, el pánico

Mientras duró la guerra, todos los días Katz tenía miedo de morir. Miedo de que Ardoino terminara de asesinarlo. “Al Silvio Katz de 19 años lo mató”, dice.

El 14 de junio de 1982 los militares argentinos se rindieron ante las fuerzas del Reino Unido. Ese día, Katz dejó de tener miedo. A su oficial, de todas formas, había dejado de verlo un par de días antes, cuando les tocó entrar en combate. “Cuando se supo que la isla estaba tomada por los ingleses y que había combates en todos lados, nos dimos vuelta y ya no estaba. Quedamos a la buena de algún suboficial que estaba ahí. Ibamos a los lugares donde los radiooperadores nos decían que había que cubrir, pero sin el oficial a cargo. Lo volví a ver en el pueblo, cuando entregamos las armas. El vino hacia nosotros, no sé cómo apareció, diciendo ‘mis soldados, los perdí, qué preocupado estaba’. Fue de Fellini. En ese momento me sentí aliviado porque había terminado todo y la vida de él me importaba muy poco ya que en el pueblo, delante de los demás, no me iba a poder castigar. Había terminado algo más que la guerra.”

Los ingleses los hicieron prisioneros, pero para Katz el gran enemigo de la guerra fue un oficial argentino.

–Nos meten en unos galpones de comida. Había cajas enormes llenas de comida, carne en lata, cigarrillos, whisky chiquito. La pasábamos comiendo, tomando, fumando. Nos mirábamos y nos reíamos. Ahí sí nos reíamos. Estuvimos desde el 14 hasta el 17. No sabíamos de qué nos reíamos.

–De lo absurdo, tal vez.

–Claro. Y se corría la bola de que nos iban a fusilar a todos. Vino uno y dijo: “Dicen que nos van a fusilar a todos”. Y sí, también decían que estábamos ganando. Incluso, morir con la panza llena después de dos meses de no comer no nos importaba. Creo que fue la primera vez en mucho tiempo que sentí alivio y lo disfruté. Dejamos de lado la tensión, el dolor, no nos importaba nada.

–¿Quién decía que estaban ganando? ¿Ustedes qué sabían sobre el desarrollo de la guerra?

–No nos llegaban las cartas de los familiares, pero nos llegaba la revista Gente. Y la revista Gente decía que estábamos ganando. Eran revistas de las que se regalan. Pero en la mayoría de los grupos había una radio chiquita. Las radios argentinas eran muy difíciles de sintonizar, pero podíamos escuchar radio Carhué y radio Colonia, que son uruguayas y que decían que nos estaban rompiendo el tuges. Algunos militares decían “dejen de escuchar esa estupidez, esta gente qué sabe, es la envidia porque el pueblo argentino entró en combate”. Y los soldados estaban cagados mal. Hay gente que dice que no sintió miedo. Yo sentí pánico.

En el barrio

Silvio creció en un hogar no practicante. Celebraban las fiestas y hacían una que otra visita al templo. Su padre murió cuando él tenía nueve años y desde ese momento la religión fue volviéndose cada vez más ajena. Su madre quedó a cargo de tres varones y su principal preocupación era llevar el pan a la mesa. Trabajaba hasta catorce horas por día como cajera de un negocio de lencería, en Once. El estudio no era el fuerte de Silvio, que fue cadete, encargado de un depósito, empleado de un maxikiosco y que hoy trabaja en la cocina de un colegio.

Silvio Katz vive en Boedo, en un piso modesto, con su mujer y sus dos hijos, de siete y diez años. En la mesa redonda del comedor hay unas tacitas de porcelana con la silueta de las islas pintadas en negro, que su señora hace en un taller de arte del barrio. “Yo siempre viví en este barrio –cuenta– y no sé si hay algún otro judío porque no le pregunté la religión de nadie y no me la preguntaban a mí. O por ahí la sabían y cuando jugábamos a la pelota me decían ‘dale, rusito, pasala’, pero no era xenófobo o racista, era como yo le podía decir ‘tano’ a otro. Pero cuando atacaban a los judíos o hablaban mal de los judíos, yo me sentía muy judío. Y en Malvinas me pasó. Mientras más me atacaban, más judío me sentía.”

Colectivo 26. La guerra había terminado hacía tres o cuatro meses. Silvio volvía a su casa y vio por la ventanilla a Ardoino: campera verde, la misma postura, las manos en los bolsillos, el pelo engominado. Se paralizó y del miedo se hizo pis. “Sentí todo el miedo de vuelta, como si hubiera vuelto a la guerra”, confiesa. Solo dejó de sentirse martirizado cuando empezó a hablar: “Contarlo fue liberador. A muchos nos pasó que la familia decía ‘no lo hagan hablar, que le hace mal’. Y fue peor.”

Silvio volvió a las islas en 2001, a partir de un acontecimiento fortuito. Una marca de cigarrillos organizó un concurso cuyos premios eran viajes a distintos lugares, entre ellos, a las Malvinas. “Yo trabajaba en un maxikiosco y vendíamos cigarrillos sueltos, así que abríamos paquetes todos los días. El dueño raspó uno, salió Malvinas y me lo regaló. Fui con mi señora. Para mí, fue dejar una bolsa llena de piedras, fue poder levantar los hombros de nuevo, fue ver el lugar en paz, el campo, y no ver a alguien torturado, estaqueado. Fue el inicio de la búsqueda de estar bien, como estoy hoy. Mi señora volvió embarazada, mi primer hijo se gestó ahí. El viaje me liberó.”

Hoy, Katz está a la espera de que avance el expediente en el que denunció a su superior y a que se declaren delitos de lesa humanidad las torturas con las que los militares argentinos sometieron a los colimbas. Espera también algún gesto de las instituciones de la comunidad judía (“nos ignoraron todo este tiempo, pero ahora fuimos a pedir que nos reconozcan y el 11 de abril la DAIA nos va a hacer un homenaje”) y del Estado: “Nosotros estamos buscando el gran abrazo con la gente. Pero no quiero estar reivindicado en la misma fiesta con los militares. Me quejé toda la vida de que por culpa de que los primeros gobiernos nos mezclaron, hubo gente que pensaba que no-sotros teníamos que ver con la dictadura, con los desaparecidos”.

La vida nueva de Katz implicó terapia, tomar conciencia de que le habían hecho un gran daño y de que correspondía exigir justicia. “Hay veteranos que no quieren que la causa judicial siga, gente que cree que nos estamos victimizando. Estoy orgulloso de haber defendido a mi país, pero soy víctima de lo mismo de lo que estoy orgulloso. No quiero que el día de mañana venga mi hijo y me diga ‘por qué del que te torturó a vos nadie sabe, nadie se ocupa, qué hiciste vos por mantener tu dignidad’. No quiero ponerme en el lugar de andar llorando por los rincones, pero fui víctima de una injusticia y quiero justicia, nada más.” A treinta años de la guerra, Silvio Katz tiene 49 años y está vivo.

Artículo publicado  el 2 de abril de 2012 en Página /12.

1/4/22

" El eterno retorno." Por Carlos Gamerro.


 Las casas flamean porque partiremos

Para no volver jamás
Guillaume Apollinaire:
Se asoman cada noche
Uniformados de musgo
Desde la tierra parturienta
Miran las luces del muelle
Y todavía sueñan
Con regresar algún día
Oler de nuevo el barrio
Y correr hacia la puerta
De la casa más triste
Y entrar como entran
Los rayos del sol
Por la ventana
En la que ya nadie
Se detiene a mirar
Donde ya nadie
Espera la alegría

Este poema habla de algo que todos sus lectores podemos prever y también entender: el anhelo de los soldados que están en el frente por volver a casa; incluso, como en este caso, cuando se trata de soldados muertos. Pero hay algo más difícil de prever y entender, al menos para los que no fuimos a ninguna guerra.

Corría el año 1992. Yo estaba trabajando en mi novela Las Islas y, entre otras investigaciones, me había decidido a entrevistar a un grupo de ex combatientes de La Plata, entre los que se contaban Gastón Marano, Rodolfo Carrizo, Martín Raninqueo y el propio Caso Rosendi, aunque a él no llegué a entrevistarlo. Los había elegido a ellos porque tenía los contactos, pero también porque sabía que sostenían posturas críticas frente la guerra y los militares, estaban vinculados con las Madres de Plaza de Mayo... Hablábamos el mismo idioma, pensaba, íbamos a saber entendernos. Una tarde de verano, entre cervezas y maníes, me habían contado lo que todos sabemos, pero que recién entendemos –o no entendemos, pero percibimos– cuando sentimos en el cuerpo, detrás de las conocidas y hasta predecibles palabras, la vibración de la vivencia física: el frío en los pozos, el hambre, los bombardeos, el miedo en la alta noche, el desamparo, las torturas de los superiores –un episodio que ingresó en las dos versiones de Las Islas, la novela y la obra teatral, el del estaqueamiento mejorado con la pinza que muerde el labio del yacente, me fue revelado ese día–. En un punto en que la conversación parecía agotada, en el cual sentí que ya no me serían relatadas nuevas atrocidades ni sufrimientos, se me ocurrió hacer una pregunta, en un tono canchero, casi cómplice:- “Bueno, después de todo lo que me contaron, ¿ustedes volverían a las islas?”. Todos a una, sin dudar, respondieron: “Sí, claro”. En ese momento tuve una revelación: una revelación, si se quiere, de incomprensión, y supe cuál debía ser el centro, el núcleo duro de mi novela. Porque yo, Carlos Gamerro, no hubiera sido capaz de prever esa respuesta. Tampoco podía entenderla al escucharla de boca de ellos: apenas saber que era verdad. Pero mi personaje, Felipe Félix, tendría que entenderlo. Si no, la novela sería un fracaso; él, un ex combatiente trucho.

La literatura argentina escrita hasta ese momento sobre la guerra no me ofrecía demasiada ayuda. Quizá por la necesidad de oponerse al registro épico de los relatos de la dictadura y de la prensa unánimemente cómplice, y al Gran Relato Argentino que los había precedido y les servía de fundamento, quizás por gravitación del texto fundacional de la literatura de Malvinas, Los pichi-ciegos, de Rodolfo Fogwill, el único registro válido parecía ser el de la picaresca, género antiépico por excelencia. La de Fogwill es una novela de desertores, de desertores que se organizan para hurtar su cuerpo a la guerra con el único e irrenunciable objetivo de sobrevivir el mayor tiempo posible. La deserción es el sueño o la fantasía de todo soldado, sobre todo del que no ha elegido ir a la guerra, pero también del voluntario arrepentido: aunque la mayoría nunca lo intente, la mera posibilidad de imaginarla ayuda a soportar el día a día de la guerra. Una de las más celebradas novelas sobre la guerra de Vietnam, Persiguiendo a Cacciato, de Tim O’Brien (él mismo un veterano de esa guerra), es toda ella la realización de una fantasía de deserción: el soldado Cacciato se harta de la guerra y decide irse caminando a París.

 El viaje puede parecer imposible, pero es al menos pensable: para comprobarlo basta mirar el mapamundi.

 Los combatientes de Malvinas ni siquiera tenían el consuelo de estas fantasías: estaban rodeados por agua, y por la flota inglesa, aislados en el sentido etimológico del término. Pero muchos de ellos podían convertirse en Cacciato mientras dormían: Fabián, uno de los entrevistados del libro Los chicos de la guerra, de Daniel Kon, cuenta el siguiente sueño: “Me acuerdo de que una vez me había dormido muy profundamente y había empezado a soñar. Era un sueño hermoso: yo volvía de las Malvinas y llegaba hasta acá, hasta este barrio, caminando; venía por la vereda de mi casa, y justo en el momento en que estaba por entrar, justito en el instante en que iba a abrir la puerta, alguien me sacudió para despertarme.- ¿Qué hacés pelotudo? Me cortaste el sueño, le dije.- ¿Qué dijiste?, me preguntó enojado el que me había despertado. Recién entonces lo reconocí: era el capitán”.

 Un personaje del cuento de Rodrigo Fresán, “La soberanía nacional”, quiere que los ingleses lo tomen prisionero para ir a Londres y conocer a Los Rolling Stones; el del cuento de Juan Forn “Memorándum Almazán” es un impostor que se hace pasar por ex combatiente. El sueño del regreso está ausente de esas ficciones, es más, es incompatible con ellas: el desertor sólo quiere volver a casa; la línea de fuga del pícaro se orienta siempre hacia el futuro.

El tópico del regreso a Malvinas aparece primariamente como forma de negar o redimir la derrota. Volver, en el sentido más literal, es volver a invadir las islas, esta vez para ganar la guerra.

 Oscar Poltronieri, único soldado conscripto condecorado con la Cruz de Valor en Combate, declara en Partes de guerra, de Speranza y Cittadini: “Si yo tuviera que ir a Malvinas a pelear de vuelta, iría. La mayoría de los veteranos iría. Porque ya tenemos experiencia y los que están acá no saben nada. Porque cuando nosotros recién fuimos no sabíamos lo que era una guerra, pero ahora sabemos cómo es y cómo es el terreno y todo. Entonces preferimos ir nosotros antes de que vayan otros pibes que no saben lo que es una guerra. Nosotros ya sabemos todo, lo malo y lo bueno. Y con todo, nosotros volveríamos”.

Es en esta visión del regreso donde oficiales y soldados forman un bloque único: todo se subordina al fin de ganar la guerra perdida. Este sueño del regreso épico tiene un enemigo más implacable que cualquier ejército imperialista: el tiempo. Hoy, a los 50, mañana a los 60, los conscriptos que sueñan con volver a la guerra se parecen cada vez más a esos personajes de Conrad que sueñan con redimirse de una flaqueza que los perdió, o a ese Pedro Damián de Borges, que le pide a Dios que vuelva el tiempo atrás para morir como un valiente en la batalla en que supo que era cobarde. La muerte de Mohammed Alí Seineldín probablemente marcó el cierre simbólico de esta alternativa. No hay que perder de vista, de todos modos, que el objetivo de recuperar las islas es importante para muchos combatientes. Así lo explica Juan Carlos, en Los chicos de la guerra, entrevistado a los pocos días del fin del conflicto: “Si las Malvinas, no digo por medios bélicos sino diplomáticos, llegan a recuperarse, pienso que nosotros nos vamos a sentir satisfechos, vamos a sentir que no todo fue en vano. Pero si no las recuperamos, si lo que nosotros hicimos sirvió para que los ingleses reafirmaran sus pretensiones sobre las islas, yo, al menos, me voy a sentir muy mal. Voy a pensar que por culpa de nosotros, que fuimos a las Malvinas, las perdimos definitivamente”.

 El regreso puede, también, tomar la forma de una expiación de la derrota, y cobra la forma de una peregrinación a Malvinas. Si las islas no vuelven a nosotros, nosotros volvemos a las islas.

La nostalgia del regreso, de todo regreso, como sabemos, se construye con el tiempo. A los pocos días de volver de la guerra, Fabián E., de Los chicos de la guerra, responde de manera poco entusiasta a la pregunta: --¿Volverías a visitar Malvinas alguna vez?:- “Sí, si se pudiera me gustaría ir por un ratito, nada más. ¿Sabés qué iría a ver? Si todavía existe el agujero en el que estuve enterrado vivo toda una noche”.

Pero las islas y la experiencia de la guerra se magnifican en la memoria y la necesidad de volver a ellas se va haciendo cada vez más fuerte. Edgardo Esteban, el primer ex combatiente en cumplir ese sueño, lo cuenta así en su “Malvinas, diario del regreso”, apéndice a su conocido Iluminados por el fuego: “Siempre sentí la necesidad de volver a las islas. Quizá porque creí que si no pisaba Malvinas nuevamente, nunca llegaría al final de ese camino que empezó el 2 de abril de 1982. Necesitaba ganarle a la guerra, a mi propia guerra, esa que deambulaba por mi mente y no me dejaba estar en paz, esa que constantemente me acechaba, con sus fantasmas y sus muertos. Jamás perdí la ilusión de volver, esa esperanza de regresar y visitar las tumbas, mis lugares, esos que me marcaron a fuego cuando tenía tan sólo diecinueve años y que no olvidaré por el resto de mi vida [...] Los recuerdos de la guerra están en mi cuerpo, son marcas que nunca se borrarán. Necesitaba cerrar viejas heridas, cicatrizarlas y dejarlas por siempre en las islas”. 

Llama la atención esta secuencia: cerrar las heridas, cicatrizarlas y dejarlas en las islas. La metáfora, como siempre, dice más de lo que el hablante pretende: dice, en este caso, la imposibilidad de su ilusión.

Los países-isla, como Australia, Cuba o –en otro tiempo– el Reino Unido pueden abrigar la ilusión de que su forma está determinada por Dios o la naturaleza. La mayoría de las naciones no tienen esa suerte: su forma es contingente, el resultado temporario de una serie de maniobras militares y políticas. Pero la idea de la integridad de territorio nacional cobra fuerza emotiva a partir de la metáfora de la patria como cuerpo y la identificación de un mapa ideal de la patria con éste. 

En un texto fundacional de nuestros reclamos por las islas, el padre literario de la patria, José Hernández, define así la usurpación inglesa: “Es como si se nos arrebatara un pedazo de nuestra carne”. 

La metáfora de la patria mutilada o castrada aparece con fuerza simbólica (tanta que uno duda si se trata de un relato verídico o apócrifo) también en Los chicos de la guerra, donde se presenta “la historia de H. que, también por congelamiento, sufrió la amputación de sus testículos. Actualmente viaja tres veces por semana desde su casa en el sur del Gran Buenos Aires hasta el consultorio de una psicóloga de la Capital Federal. H. tiene totalmente negado el hecho de su castración, no quiere hablar del tema. Sólo sigue repitiendo, orgulloso, que él estuvo en la guerra de Malvinas”. Si la pérdida se vive como mutilación, el regreso restaurará sin duda los miembros y la potencia perdidos.

Otra metáfora, vinculada con la anterior, es la de la patria como familia. La incorporación de las islas al territorio nacional está concebida como un regreso familiar: las islas descarriadas vuelven a casa. “Ay, hermanita perdida, hermanita, vuelve a casa” es el estribillo del poema de Atahualpa Yupanqui (1971) musicalizado por Ariel Ramírez y convertido, junto con el himno de Malvinas, en una de las canciones patrióticas de la guerra. 

Numerosos testimonios de ex combatientes invocan a sus familias al hablar de la guerra. La familia es a la vez lo opuesto de la guerra, aquello que se añora, a lo que se anhela volver, y también la continuación de la guerra: por su familias los soldados aceptan ir a las islas, por sus familias no se atreven a desertar, por sus familias pelean, por sus familias sienten vergüenza de volver vencidos a la casita de su viejos. La familia a la vez protege y envía a la muerte. “Por eso tenía que volver, debía volver, necesitaba volver, por mí, por mi familia, por mi madre”, escribe Edgardo Esteban. “Gracias por tener tu apellido, gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española, gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy, que es el fruto de este hogar donde vos sos el pilar. Un fuerte abrazo. Dios y patria o muerte”, le escribe el teniente Roberto Estévez en una muy citada “carta al padre”, desde las Malvinas. Padre y patria, potestad y soberanía pueden ser términos intercambiables, como señala Julieta Vitullo en el capítulo titulado “En el nombre del padre” de su Islas imaginadas. Allí señala cómo la metáfora de la paternidad es arma de doble filo: las islas están unidas a la patria como un hijo a su padre, pero la incertidumbre inherente a la paternidad (a diferencia de la certeza de la maternidad) también puede albergar las dudas sobre nuestros derechos tantas veces proclamados como indudables, incuestionables e inobjetables sobre las islas. Así, el soldado que pelea prueba, a la vez, que es hijo de su padre y que las Malvinas son argentinas.

La traducción fue publicada por la Editorial And Other Stories con el título The Islands en traducción de Ian Barnett.

La literatura y la historia argentinas están hechas de idas y vueltas. La Ida y la Vuelta del desertor Martín Fierro, la ida y la vuelta de los inmigrantes y sus descendientes, las de los exilios políticos en los siglos XIX y XX. En este aspecto al menos, el tango “Volver”, de Gardel y Le Pera es, casi, una canción patria. En el siglo XX, los perdidos objetos del deseo fueron dos pares: Juan y Eva Perón, Soledad y Gran Malvina. En su Montoneros o la ballena blanca, Federico Lorenz lo resume en la frase “es un país que ama encolumnarse en el reclamo de ausencias":  . Las Malvinas –recurro a las palabras de Borges en “El tango” tienen “el sabor de lo perdido / de lo perdido y lo recuperado”. Deberíamos agregar, para ser más precisos, de lo perdido, lo recuperado y lo vuelto a perder. La muerte inaceptable de Eva Perón también engendra el mito de un regreso a la vez imprescindible e imposible, resumido en la frase “Volveré y seré millones” que míticamente se le atribuye, aunque no consta en ninguno de sus discursos (también se le atribuye a Tupac Amaru, pero la única atribución comprobable es a un lugarteniente de Espartaco, en la novela de Howard Fast del mismo título). 

En su novela, Lorenz conjuga estos dos anhelos en uno: el de los sobrevivientes de una célula montonera por retomar las Malvinas en plena dictadura para “quitarle al enemigo un símbolo”. Estos Montoneros han sido doblemente derrotados: por la dictadura por supuesto, pero también por el regreso de Perón –uno de ellos reproduce llorando, a bordo del submarino alemán que los acercará a las islas, el discurso del 1º de mayo de 1974 en que Perón rompe con la Juventud Peronista (discurso en el cual, simbólica y a la vez pragmáticamente, Perón separa a los bastardos de los hijos legítimos). En ese sentido es significativo que la empresa de volver a Malvinas la lleve a cabo el grupo de los Montoneros más viejos, que venían de la resistencia o de organizaciones anteriores como las FAR y las FAP, “los oxidados”, como se llaman a sí mismos, que se diferencian de los pendejos fierreros del engorde del ‘73, que pensaban “que Montoneros había salido de la nada, sin ninguna lucha del pueblo detrás, ni resistencia [...] lo único que sabían de Perón es que los había traicionado”. 

¿Se puede volver a un lugar en el que nunca se estuvo? Es la oración que abre otro libro de Lorenz, Fantasmas de Malvinas, y que orienta esta crónica de su primer viaje a Malvinas: “Mientras vamos rumbo a Puerto Stanley en la camioneta que nos traslada, me pregunto si de verdad es la primera vez que me encuentro con estos cerros. ¿Por qué brotan sus nombres de mi boca: Harriet, Two Sisters, Sappper Hill? [...] como en un flashback, aun quien viaje por primera vez a las Malvinas estará volviendo. Acaso, conjeturo mientras reviso mis notas, escucho mis cintas, veo mis fotos, nunca nos hayamos ido del todo de allí”. Este texto de Lorenz se hace eco de un cambio decisivo que tiene lugar en nuestra relación con las Malvinas a partir de la guerra.

 Hasta el 2 de abril de 1982, las islas Malvinas eran el territorio privilegiado de la imaginación, el símbolo nacional, el significante vacío de la nacionalidad. La experiencia de las islas no iba, en la mayoría de los casos, más allá del reconocimiento de su silueta: y en esa silueta, que en mi novela Las Islas alguien compara con un Rorschach, cada uno veía lo que quería. Después de la guerra, las islas pasan a ser parte de la memoria viva de más de 10.000 argentinos, y a través de la amplificación mediática, cinematográfica y literaria de éstas, de nuestra memoria colectiva.

En su Anábasis, Jenofonte narró la expedición de diez mil mercenarios griegos hacia el interior de Asia Menor y, tras la muerte del rey persa que los comandaba, su ordenada retirada hacia el mar, que constituye la Katábasis. Etimológicamente, anábasis es un viaje tierra adentro y katábasis, desde el interior hacia la costa. El título de la obra sugiere que lo fundamental es la expedición hacia Mesopotamia, pero lo que se ha vuelto famoso es el avistaje del mar, el grito de “¡Thalassa, thalassa!” que para los griegos significa que ya están en casa.

 En poco se parecen la ordenada marcha de los diez mil griegos a la caótica desbandada y prisión de los diez mil argentinos; quizás en nada más que en la coincidencia del número (mítico más que empírico, en nuestro caso) de los diez mil. Pero en términos más generales estos dos movimientos pueden tomarse como variaciones sobre el tema de la ida y la vuelta. En ese sentido ampliado, toda guerra implica una ida y una vuelta que luego se vuelven incesantes, un movimiento pendular entre anábasis y katábasis. Porque con el regreso a casa, el viaje recién comienza: el soldado volverá en sus recuerdos, en sus relatos, en sus pesadillas, a lo que creía dejado atrás para siempre. A diferencia de otros recuerdos, el de la guerra, lejos de desdibujarse con el tiempo, se vuelve más vivo y candente.

“Juan Carlos”, uno de los soldados entrevistados por Daniel Kon para Los chicos de la guerra (todas las entrevistas se realizaron entre el 23 de junio de 1982, es decir, a una semana del regreso, y agosto del mismo año) apunta: -“Fijate qué curioso, allá siempre soñaba con mi familia y, ahora, quince días después de volver, empiezo a soñar con la guerra”. Otro de ellos, Fabián E., comenta perplejo: “Quiero hablar de algo que pasa acá, en Buenos Aires, y digo allá. O sigo diciendo el continente, como decíamos en Malvinas”. Ha sido habitual comparar y aun homologar la situación de los ex combatientes con la de las víctimas del terrorismo de Estado; estos testimonios también permiten la comparación (no la homologación) con la de los exiliados de la dictadura. Como el exiliado, el ex combatiente puede terminar por no saber cuál es su patria verdadera; como el exiliado, debe regresar para descubrirlo. Exiliados en su patria, en su barrio, en su casa, así se sienten muchos de los soldados que vuelven. 

En el frente de batalla, el soldado sueña con volver a casa; en su hogar, sueña con volver a la batalla, o al menos a los lugares donde esta transcurrió.

La Guerra de Secesión fue la primera guerra moderna; Ambrose Bierce, que combatió en ella, el primer escritor en romper claramente con la tradición épica y narrar la guerra como sucesión de horrores donde no hay lugar para los héroes. Su texto autobiográfico “Lo que vi de Shiloh” es un interminable y por momentos insoportable catálogo de horrores, por lo que el lector se sorprende bastante al llegar a un párrafo final como éste:

“Oh los días cuando el mundo entero era extraño y hermoso; cuando desconocidas constelaciones brillaban en las medianoches del sur y el sinsonte derramaba su corazón en la magnolia tocada de luz de luna; cuando había algo nuevo bajo un sol nuevo; ¿no dejarán sus hermosos y lejanos recuerdos de superponer sus cuadros contrastantes a los rasgos más ásperos de este mundo posterior, acentuando la fealdad de la vida más mansa y más larga? ¿No es extraño que los fantasmas de una época manchada de sangre tengan una gracia tan etérea, nos miren con ojos tan tiernos, que yo deba hacer un esfuerzo para recordar el peligro y la muerte y los horrores de aquella época, y sin esfuerzo acuda a mí todo lo que era lleno de gracia y pintoresco? ¡Ah, juventud, no hay hechicera como tú! Dame así sea un toque de tu mano de artista sobre la opaca tela del presente; toca con tu oro las sombrías y desabridas escenas del hoy, y con gusto entregaré esta vida, tan distinta a la que debí haber tirado en Shiloh”. A Ambrose Bierce le fue concedido su deseo, o se lo concedió él mismo: en 1914, a la edad de 72 años, se internó en los laberintos de la Revolución Mexicana y nunca más se supo de él. En su carta de despedida había escrito lo siguiente: “Adiós. Si escuchan que me estamparon contra una pared mejicana y me ardieron a balazos, por favor comprendan que lo considero una muy buena manera de dejar esta vida. Mejor que la vejez, la enfermedad o caerme por las escaleras. Ser un gringo en Méjico –¡ah, eso es eutanasia!”.

El libro Soldados, de Gustavo Caso Rosendi, cierra con este poema:

Nosotros que escuchamos sobre
Las cabezas el relincho del mortero
Que leímos el porvenir en las tripas
De los nuestros
Nosotros que olimos las letrinas del espíritu
Que tocamos el temblor de la piedra
Como un corazón desesperado
Nosotros que lamimos el meado vientre
De la tierra que persistimos pese a todo
Y a nosotros

Somos los que aún permanecemos
En cuclillas los que todavía tenemos
Las pupilas como estrellas candentes
Los que a veces nos seguimos
Arrastrando por la noche

Los que todavía soñamos
Con regresar algún día.

Carlos Gamerro.
Fuente: Página/12.

4/4/19

" Malvinas: la guerra, el hombre." Edgardo Esteban.


 Por Edgardo Esteban *

La guerra de Malvinas es una parte de la historia reciente argentina. Los datos y testimonios reunidos a lo largo de estos  años han logrado quebrar el silencio y poner al descubierto un hecho injusto: durante la guerra los soldados argentinos no sólo tuvimos que combatir al enemigo, sino el hambre, el frío y la inaudita incompetencia y crueldad de nuestros propios jefes militares.
 Lo que vino después, el regreso, la posguerra, estuvo determinado por la indiferencia de una sociedad traumada por su irreflexivo apoyo a la dictadura y el silencio y el olvido impuestos por los militares. 
Volver fue el comienzo de un doloroso camino para una gran cantidad de soldados sacudidos por el horror vivido y por el porvenir, que ya no sería el mismo.
De alguna forma se combatió a los ex combatientes, dándonos la espalda, obligándolos a la marginación, sepultándolos en el olvido, la indiferencia.
 Resultado: los suicidios de ex combatientes llegan a 500 casos aproximadamente.
La indiferencia social posterior al conflicto contrastó con el fervor patriótico que el 2 de abril de 1982 generó el anuncio de la “recuperación” de las islas Malvinas, en boca de Leopoldo Galtieri. La Plaza de Mayo, teñida de color celeste y blanco, se colmó de miles de ciudadanos, entre ellos muchos reconocidos dirigentes políticos y sindicales. Aclamaban al dictador, quien decía: “ - Si quieren venir, que vengan: les presentaremos batalla”.
Al final de la guerra, el 14 de junio, todo cambió de golpe. Tras la derrota, esa misma gente trató de incendiar la Casa de Gobierno, echó a Galtieri del poder y no quiso volver a hablar de Malvinas por mucho tiempo. 
El final del conflicto cerró el capítulo de la dictadura y fue un factor decisivo para la reinstauración de la democracia, pero, en cuanto a la guerra, la sociedad no se hizo cargo de sus responsabilidades.
Al volver, las autoridades y la sociedad se comportaban como si los soldados fuéramos los responsables de la derrota. Hubo un acuerdo tácito para olvidar la guerra, esconder a los que regresábamos y borrar de las mentes lo vivido. Para obtener la baja militar, los oficiales hicieron firmar a los soldados una declaración jurada, en la que nos comprometíamos a callar y por ende a olvidar.
 Hablar de lo ocurrido durante la guerra fue lo primero que nos prohibieron. Así, el dolor, las humillaciones, la frustración, el desengaño, la furia, quedaron dentro de cada uno de nosotros hasta tornarse insoportables en muchos casos. Es que hablar, contar, era el primer paso para exorcizar nuestro infierno interior y empezar a curar las heridas. Pero no se podía, eran cuestiones de Estado. De modo que el regreso fue cruel, en silencio, a escondidas. La bienvenida quedó para la intimidad del hogar.
No está en discusión el justo reclamo de soberanía que Argentina mantiene sobre las islas desde 1833. Pero éso nada tiene que ver con el análisis descarnado de lo ocurrido en 1982. Durante mucho tiempo se ha preferido eludir la autocrítica de la derrota, de la que nadie quiso hacerse cargo.
 Galtieri y Jorge Anaya murieron sin haber hablado, sin enfrentar sus responsabilidades políticas y militares.
El genocidio iniciado por los militares el 24 de marzo de 1976 continuó de algún modo en Malvinas.
 La misma crueldad, el mismo desprecio por la vida ajena, la misma cobardía. En las islas, los militares cometieron aberraciones denunciadas por quienes las sufrieron en carne propia: tortura física y psicológica y estaqueos. Hubo excepciones individuales, sumadas a la valentía y capacidad técnica de los pilotos de la Fuerza Aérea que quedan fuera de estas calificaciones.
Un digno general de la Nación, Benjamín Rattenbach, elaboró en 1983 un informe, a pedido de la Comisión de Análisis y Evaluación Político-Militar de las Responsabilidades del Conflicto del Atlántico Sur. El informe califica la Guerra de Malvinas como una “aventura irresponsable”. Señala que cada arma funcionaba por su cuenta, que carecían de preparación y que la conducción estuvo plagada de errores. Sobre esta base, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas condenó a reclusión y destitución a: Galtieri por 12 años; al almirante Jorge Anaya por 14 años y al brigadier Basilio Lami Dozo por 8 años. No hubo otros condenados. Finalmente los tres fueron indultados en 1990 por el presidente civil Carlos Saúl Menem.
El descarnado informe del general Rattenbach fue silenciado por sus camaradas, que no quisieron hacerse cargo del debate y asumir una autocrítica sobre lo ocurrido.

El hombre

La difícil recuperación de las secuelas de la guerra y de la reinserción social y el Trastorno de Estrés Postraumático (TEP) afectó en diverso grado a todos los ex combatientes. El TEP es un estado depresivo crónico, propio de alguien que ha experimentado de forma directa la guerra. Genera una constante sensación de temor, angustia y pesadillas, miedos, problemas de relación, irritabilidad, dificultades para conciliar el sueño, sobresalto, un elevado nivel de violencia e irritabilidad, inclinación por las adicciones, entre tantos síntomas. Sin ayuda psicológica es difícil la recuperación.
Durante años no hubo ningún tipo de asistencia ni ayuda, recién en los últimos tiempos la situación de los ex combatientes mejoró notablemente, cuando se realizó un relevamiento sociosanitario nacional de los que participamos de la guerra, para dar respuestas concretas y atender aquellos casos de alta vulnerabilidad. A partir del 2004, el Estado otorga una pensión equivalente a tres jubilaciones mínimas.
Con la ayuda del ex presidente Néstor Kirchner, en septiembre del 2005 se estrenó el film: " Iluminados por el fuego". Sin dudas, contribuyó a abrir un debate sobre lo ocurrido en Malvinas. Hasta ese momento poco o nada se sabía sobre los suicidios y los traumas de posguerra entre los soldados, y la película realizada luego por Tristán Bauer mostró la cotidianidad de la guerra: el hambre, las torturas a soldados por sus propios jefes.
 Desde entonces se multiplicaron las denuncias de los soldados sobre los malos tratos. Al margen de los errores tácticos y estratégicos que definieron la suerte de la guerra, lo que aparece como inaudito son los injustificados malos tratos, las crueldades de algunos oficiales y suboficiales hacia sus soldados como los estaqueos durante horas en la turba mojada, con temperaturas bajo cero.
 En su gran mayoría eran castigos por robar comida. El hambre dolía tanto como el frío austral.
El maltrato y la injusticia no fueron una circunstancia inevitable de la guerra, sino consecuencia de un tratamiento humano indigno.
Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas, manifestó poco tiempo atrás su compromiso con la causa Malvinas y dijo: “ - El escarnio, el abandono, el valor de estos conscriptos que con el pecho abierto al amor por la Patria fueron a defenderla pero indefensos. Nos concierne a todos los pobladores del país saber que no es posible el olvido, que  muchos años después la leyenda es un dolor abierto y que debemos saldar estas deudas”.
Los ejes fundamentales de verdad, memoria y justicia que predominan  deben profundizarse en el caso de Malvinas para establecer la verdad de lo ocurrido. Algo que la sociedad les debe a los caídos y a los que combatieron con dignidad en Malvinas. 
Debemos separar a aquellos que lucharon con honor de quienes consideraban un acto de valentía estaquear a un soldado hambriento.
Necesitamos ganarle a nuestra propia guerra y recordar tanto a los que murieron en las islas como a los que volvieron y, como consecuencia de la indiferencia y el olvido, se quitaron la vida.
Por la vida...
* Periodista y ex combatiente de Malvinas.

Malvinas.

"Querían que comiéramos

de las miguitas del olvido
Pero no quedan palomas
después de una guerra
Pichones de cóndores desgarrando

las tripas de la verdad..."



Caso Rosendi.



Por los que volvieron.
Y por los que quedaron allí.