Rescatar la memoria.

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14/8/23

"Tragedia." Álvaro Yunque.

Poseer energías para emprender lo grande,

y tener que agotarlas en ganar lo pequeño:

He aquí la tragedia cotidiana y anónima

que entristece a los locos forjadores de ensueños."


Álvaro Yunque.

1/8/23

"Manifestación." Álvaro Yunque.

Me agrego a la entusiasta muchedumbre,

y me dejo llevar…

Mis pies ya no son pies, ya tengo alas,

mi voz no es mi voz ya.

Canto y camino.  ¿Quién por mí camina?,

¿Quién leva la voz de mi cantar?

¡Hermoso este olvidarse de sí mismo

Para ser uno más!

Álvaro Yunque.

29/6/23

" Inmortal ." Álvaro Yunque.

  Nacen y mueren astros en el cielo, 

nacen y mueren hojas en la selva. 

Pasa el río, sus aguas son distintas, 

pasa el viento, sus hojas son diversas.

 Siempre una, siempre otra, todo y siempre, 

siempre otra, siempre una, siempre eterna, 

siempre fugaz y renaciente, vida. 

Tu vida es inquietud, naturaleza.

 Hombre: cada segundo eres otro hombre,

 cambian tus pensamientos y tus células,

 hombre, y tú dices YO, dices ufano,

 dices YO, y la palabra nace muerta. 

No existe perfección, mudable es todo,

 mudables tu ideación y tu materia. 


Cambia lejos de ti lo que tú escribes,

 lo que escribes, los hombres lo interpretan,

 y lo que escribes en los hombres cambia

 porque es tuyo y no es tuyo tu poema.

 Ir, volver y subir, bajar el hombre, 

inmortal en la carne y en la idea.


Álvaro Yunque. 

20/3/17

"Versículos a un líder obrero desterrado" .Álvaro Yunque .


"En mi mano fina y larga, mano nerviosa, habituada al salto y al vuelo de la pluma, sentí caer tu ancha mano, tu mano callosa y fuerte, tu mano de cortos y cuadrados dedos, entre las cuales el martillo o el hacha o el serrucho se mueven con tanta levedad como en mi mano se mueve una lapicera.
Nos dimos las manos y nos miramos en los ojos.
Vos eras un obrero; yo, un intelectual.
Y nos comprendimos.
Y nos amamos.
Tu instinto te dijo que yo era uno de los tuyos. Mi inteligencia me dijo que vos eras uno de los míos.
Me dijiste:
¡Compañero!, en idioma internacional.
Yo, descendiente de europeos, mirándote la cara de indio bravo - Lautaro, Oberá o Yamandú - te dije, en criollo: ¡Aparcero!
Sonreímos.
Vos venías de la cárcel. Yo también venía de la cárcel. Y los dos estábamos fuera de la querida tierra natal, porque de ella nos habían echado. (Desterrar es una palabra heroica, exiliar es una palabra poética; los empleados policiales no las usan. Ellos dicen echar o expulsar, cuando mucho).
En nuestra querida tierra natal, sobraban tus encendidos discursos, aparcero, sobraban tus directivas, hermano, sobraba tu ímpetu huelguista, compañero, o sobraba tu conciencia de clase, camarada.
Igualmente sobraban los versos de mis poemas insurrectos y las prosas de mis artículos exaltadores de la dignidad cívica.
Ellos, es decir, los amos de unos seres con brazos y piernas como los hombres, seres vestidos de vigilantes y soldados, que saben manejar sables, fusiles, ametralladoras y cañones; ellos opinaron que nuestra querida tierra natal no te precisaba, líder obrero.
Ni me precisaba a mí, escritor con ideas.
Bien, aparcero. Nosotros no opinamos como opinan los patrones de esos uniformes oscuros adentro de los cuales un ser que podría parecer un hombre, se eriza de cañones, fusiles, sables y ametralladoras.
Nosotros, aparcero, opinamos que nuestra querida tierra natal nos necesita mucho.
Opinamos que en ella no abundan los obreros como vos, concientes. Ni abundan los escritores concientes, como yo, hermano.
Por eso vos continuás hablando y yo continúo escribiendo.
Tu voz y mi pluma se complementan. Vos encendés corazones, yo enciendo cerebros, camarada.
Tu causa es la mía, hermano. Lo ves? Tu ideal es el mío, aparcero. Lo sentís? Ni vos ni yo, querido, nos vamos por las ramas.
Los utopistas nos vienen hablando hace siglos de fraternidad humana y de otros macaneos lindos, Hermanos nosotros de ellos, los que llevan botas con espuelas, arrastran una cola que suena como un sable y piensan como sus tatarabuelos?...
¡Sonreíte, camarada!
Fraternidad? ¡Grupo! Ni vos ni yo, camarada, nos chupamos el dedo, hermano. Nuestro ideal no anda por los aires. Nuestro ideal se bajó de la nube de Cristo y de la nube de Tolstoi. 
Nuestro ideal no vuela. Camina. Nuestro ideal es ideal para hombres y es ideal de nuestra época. Es un ideal concreto, realizable, práctico. No es ideal religioso ni filosófico. No vive de quimeras. Vive de pan, como vivís vos, como vivo yo, como vive el bobo idealista que nos viene a hablar de fraternidad humana o de no resistencia al mal, y como viven ellos, los que manejan cañones, fusiles, sables y ametralladoras (Aunque a su pan, ellos, lo precedan de whisky y lo terminen con champagne).
Nuestro ideal es éste: liberación económica del proletariado.
Este ideal sí se comprende. ¡Lo demás son musas! Este es el ideal posible que podemos llegar a ver nosotros, vos, obrero, y yo, escritor, dos hombres sin nébulas en el mate, dos hombres con los pies en la tierra y la cabeza - aunque cargada de ensueños y de pensamientos - no más arriba de la estatura normal de un hombre. Nuestro ideal no alcanza el metro y ochenta centímetros. Es un ideal bajo... 
 Y nuestro ideal, aparcero, sin nimbo religioso ni alas filosóficas, lo comprenden todos los hombres.
Todos los hombres que trabajan.
Todos los hombres que trabajan y quieren trabajar, y viven mal - siete, diez, quince, en una pieza de conventillo o una tapera - y comen mal, se enferman y son mal atendidos, se mueren y hasta son mal enterrados.
Nosotros no luchamos para fantasmas.
Nosotros luchamos para hombres que necesitan comer bien, vestir bien, tener horas de ocio para poder instruirse y soñar...
Vos hablás así? Yo te comprendo.
Todos te comprenden, aparcero líder.
Por eso vos, hermano, seguís en la brecha. Por eso vos, aparcero, no dudás, como el ultraidealista.
Te sentís escuchado. De tu boca no salen tropos: salen verdades. A vos nadie ha necesitado gritarte: ¡Valor! Todos saben que sos valiente. Se le ocurriría a alguien gritarle a la montaña: roca? La montaña, si no es roca, no es montaña. Vos, si no fueses valor, no serías líder obrero. Lo saben todos. Lo sabés vos sin haberte parado nunca a reflexionar sobre esto, tan natural. Lo saben los mismos torturadores - prefiero no clavarles adjetivos - de la sección Especial. Nunca a ellos se les ocurrió que podrían torturarte para que "cantaras". Ya sabían que hombres como vos no cantan. Y te hundían en un calabozo húmedo, en un sótano con rejas, entre sombras, solo, a que te pudrieses, en silencio, ¡a juntar rabia!
Pero tu ideal, aparcero, tu ideal no cabía en un calabozo.
Ni en una tumba.
Jamás pensaste en morir.
Siempre pensaste: ya saldré de aquí yo, ¡y entonces!...
Entonces seguís peleando, es decir, hablando y huelgueando. Y seguís con tanta naturalidad como el árbol al que, por un tiempo, se le impidiera recibir sol y agua. No bien los recibe de nuevo, continúa su trabajo de siempre, su trabajo de convertir el ácido carbónico en oxígeno.
Vos, igual.
Y si alguien te preguntara: Vas a seguir?... Responderías: Pero puedo hacer otra cosa, che?...
Aquel alguien te preguntaba éso por ignorancia, nada más. Ignoraba que esa fuerza, ese ímpetu que te hace lider obrero, te llega desde muy abajo, desde el fondo de los siglos . Porque tu causa, aparcero, es la vieja causa. Es la causa de la libertad humana que ahora concretamos nosotros: liberación económica del proletariado.

La causa que, encendida de heroísmo, se llama Agis o Cleómenes en Grecia, y lucha.
O se llama Graco o Catilina - el calumniado por Cicerón -, y lucha.
O se llama Enno, Cleón, Salvio o Artenión - caudillos de esclavos -, y lucha.
O se llama Espartacus, que llena de espanto a la soberbia Roma, y lucha.
O se llama Cristo, terror de filisteos en el mundo entero, y lucha.

O se llama la Comuna de París en 1871, y lucha.
O se llama los ahorcados de Chicago, a raíz del día Internacional, y lucha.
O se llama los mineros asturianos o los republicanos españoles, y lucha.

o se llama los bolcheviques rusos, y lucha.
O se llama en América Juan Calchaquí o Yamandú, u Oberá, o Tupac-Amarú, o Lautaro o Caupolicán, o todos los anónimos que, desde el frío Canadá a la fría Tierra del Fuego, victimas o héroes de la libertad, lucharon por la vieja causa.
La vieja causa por la que vos peleas ahora, líder obrero.

Ya verás, cuando los proletarios sean económicamente libres, si ellos, los amos de seres parecidos a hombres, los dueños de sables, cañones, fusiles y ametralladoras, van a encontrar manos que se los manejen.
Esto lo presienten ellos, camarada. Por eso te encarcelan a vos, que hablás. Y me encarcelan a mí, que escribo. Y por eso nos echan de la querida tierra natal.
Ellos presienten que lo conseguiremos.
¡Nosotros sabemos que lo conseguiremos, hermano!
Vos con tu mano ruda, hecha a la acción y al trabajo de todos los días.
Yo con mi mano nerviosa, que si tiene alas para escalar estrellas, prefiere andar volando a la altura de los hombres que trabajan y son explotados...
En tu manaza dejo estos versículos, aparcero líder."

Álvaro Yunque

Montevideo, 1945

" Semblanza de Yunque" . Por Alba Gandolfi .

Yunque con el artista plástico Silvio Benedetto
 en su taller
, sirviéndole de modelo para el "Don Quijote". Año 1965


"Para hacer una semblanza de mi padre, debo presentarlo como lo que fue: un poeta. Más que narrador —como mayormente se lo conoce— o ensayista, historiador, autor teatral, periodista, Yunque fue un gran poeta. Supo describir lo que veía y relató su esencia, y éso lo trasunta tanto su poesía como su prosa. Fue uno de los más entusiastas animadores de la generación del 22 y fundador del grupo de Boedo, junto con Castelnuovo, Barletta, Mariani y otros.
Sufrió la censura durante los distintos gobiernos militares: preso durante la dictadura de Edelmiro J. Farrell (1945) y luego exiliado en Montevideo. La peor censura la sufrió durante la última dictadura: Por decreto del poder ejecutivo se prohibió su participación en la Feria del Libro de 1977 y subsiguientes, y por un decreto firmado por Videla se ordenó la quema y destrucción de todos sus libros, que 
fueron retirados de escuelas, editoriales y librerías.
Intento, para hacer esta semblanza, separar al hombre del escritor, cosa difícil, ya que en la imagen que guardo en mi memoria veo a mi padre sentado frente a su escritorio, desde la mañana a la noche. En los años 40 vivíamos en Vicente López —calle 25 de Mayo 626—. En verano dejaba el escritorio para llevarnos al río a mi hermano y a mí, montados los tres en su bicicleta, “su pingo del asfalto”, como él la llamaba. Íbamos a las playas de Vicente López, hoy desaparecidas, a jugar entre las toscas. Allí nos enseñó a nadar. Fue un excelente nadador que salvó varias vidas, en el río y en el mar. De esos “salvatajes” le quedaron dos grandes amistades que perduraron toda la vida.
A veces nos acompañaba a la escuela, pero depositaba en nuestra madre la relación con las maestras. No siempre resultó fácil tener un padre que no respondía a los cánones tradicionales de aquella época (1940-50). Muchas de las respuestas que daba a los docentes causaban estupor. Cuando comunicaron que nos abrirían una libreta de ahorro (obligatoria en ese momento durante el gobierno del General Perón), él respondió, a continuación de la nota de la maestra: El ahorro es la avaricia en pañales, mis hijos no ahorran. Cuando se introdujo la enseñanza de religión en las escuelas, su respuesta: La religión es el opio de los pueblos.
Mi madre, su gran admiradora y compañera, era quien iba a explicar lo inexplicable a las asustadas maestras ante semejante padre.
Nos educó como —supongo— todo auténtico anarquista educaría a sus hijos, porque  siempre creyó en la libertad individual como objetivo último del hombre; pero los años y su necesidad de sentirse al lado de los desposeídos, de los que sufren, lo condujeron al marxismo.
Pasaron los años; lo recuerdo el 11 de setiembre de 1973, cuando mataron a Salvador Allende. La tristeza lo llevó a una gran depresión de la que le costó salir; con Salvador Allende mataban sus ilusiones, sus esperanzas de una América Latina libre de opresores. Nos dijo:- Cuando se gana en experiencia, se pierden ilusiones.
En 1977 se fracturó la cadera. Tenía entonces 88 años. Estaba leyendo y se cortó la luz, como ocurría habitualmente en esa época. Intentó levantarse a oscuras y patinó… Ante mi angustia cuando lo acompañaba en la ambulancia, me dijo:- No te pongas triste, la muerte es sólo una transmigración. Surgieron en ese momento sus lecturas de filosofía yoga, que lo acompañaron toda la vida, desde su juventud.
Son varios los escritores que confesaron haber descubierto su vocación literaria al leer a Alvaro Yunque, entre ellos, Pedro Orgambide y Humberto Constantini. También es posible que hoy haya otros chicos que repitan esa historia y que vuelvan a vivir la emoción de otros chicos, los de antes, que lo leían habitualmente. Seguro que han cambiado algunos escenarios, pero lo que permanece más allá del discurso globalizado de la aldea total, son las injusticias que sufren miles de chicos como los que pintó Yunque en sus cuentos en su larga vida de escritor prolífico y sensible."
Por Alba Gandolfi
Publicación :30/10/05
Álvaro Yunque, seudónimo de Arístides Gandolfi Herrero, gran poeta y escritor argentino.