Yo, la República.
Nací el 14 de abril de 1931, no en un palacio ni en un cuartel, sino en la calle. Entre jornaleros, maestros y maestras, hombres y mujeres, me trajeron. Traía libros en vez de fusiles y la convicción de que un país se construye educando. Abrí escuelas donde solo había abandono. Las Misiones Pedagógicas llevaron teatro, bibliotecas y música a pueblos olvidados, recordando que la cultura también era un derecho. Venía de la Institución Libre de Enseñanza, de la idea de que educar no es golpear cabezas, sino encenderlas.
Escuché a Clara Campoamor y reconocí a las mujeres como ciudadanas. Separé el Estado de la Iglesia por respeto a la conciencia. Intenté que quien trabajaba la tierra de sol a sol pudiera vivir de ella con dignidad. Abolí la pena de muerte porque ningún proyecto de convivencia puede tener el garrote vil como argumento.
No fui perfecta, pero fui valiente. Y eso no se perdona…
El 18 de julio de 1936 no fue solo un golpe contra un gobierno: fue un golpe contra la posibilidad de un país donde el poder dejara de pertenecer siempre a los mismos. Se alzaron quienes confundían el orden con el privilegio. Y no estuvieron solos. Adolf Hitler envió la Legión Cóndor; Benito Mussolini aportó tropas y armas. Europa ya ensayaba el horror que después conocería el mundo.
Y donde yo abrí escuelas, ellos impusieron silencio. Y donde hubo urnas, hubo balas. Fusilaron a Federico García Lorca porque la libertad también escribe. Y fusilaron a las Las Trece Rosas, jóvenes cuyo delito fue creer en un país más justo. Pensaron que matando el futuro borrarían las ideas. Trajeron la España del miedo, del pensamiento vigilado y de la obediencia obligatoria. Decían que yo era el caos. Pero el estruendo lo trajeron sus cañones.
Y sin embargo, aquí sigo. Estoy en cada escuela pública, en cada libro abierto, en cada conciencia que no acepta arrodillarse.

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