Un 21 de mayo, las tropas oficiales marcharon desde Versalles a París con un objetivo: aplastar a los comuneros a sangre y fuego. Resistencia armada mediante, la “Semana Sangrienta” se prolongó hasta el día 28, cuando se efectuaron 147 fusilamientos en el Muro de los Federados. Se estima que en la represión murieron entre 6 mil y 30 mil personas. Los verdugos -atestiguan los especialistas- no requerían más motivo que las manos roídas por el trabajo manual de sus víctimas para rematarlas. Contaron con la ayuda de Bismarck, su contrincante y líder del ejército prusiano, quien privilegió momentáneamente ahogar la insurrección a sus intereses armamentísticos y geopolíticos.
En los enfrentamientos, Louise apenas se torció un tobillo y se lastimó la muñeca por un proyectil que la rozó, aunque -destacó- su sombrero estaba “literalmente acribillado con agujeros de balas”. En su libro confesaba que su primera inquietud social de la infancia por los animales volvió a emerger de forma inesperada durante el ataque policial. Mientras huía de los uniformados, vio un gato abandonado y se detuvo para ponerlo a resguardo. Es imposible no pensar en aquello que evocaba Clara Zetkin sobre Rosa Luxemburgo, tras su asesinato: “¡Cuántas veces aquella a quien llamaban ‘Rosa la sanguinaria’, toda fatigada y abrumada de trabajo, se detenía y volvía atrás para salvar la vida de un insecto extraviado entre la hierba!”. Por el enemigo, en cambio, ni la polaca, ni la francesa sentían compasión alguna.
En "La revolución es un sueño eterno", Andrés Rivera se preguntaba: “¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía?”. En el caso de la Comuna, probablemente, tiempo, apoyo de otras ciudades, desarrollo del proletariado urbano y una dirección clara.
A lo largo de esos días oscuros, las mujeres se levantaron y defendieron las barricadas. Cerca de tres mil mujeres trabajaron en fábricas de armas y municiones, recogieron las armas de los caídos para seguir el combate y 120 formaron un batallón femenino de la Guardia Nacional. Todas ellas perdieron la vida en el combate.
“La Comuna, rodeada desde todas las esquinas, solo tenía la muerte en su horizonte. Sólo podía ser valiente, y lo fue. Y, al morir, abrió de par en par la puerta al futuro”, concluía Louise. Sabía que estaba plantando semilla.
El juicio a Louise Michel, el exilio y la persecución
Aunque la comunera logró escapar de los soldados, las fuerzas reaccionarias tomaron a su madre de rehén y amenazaron con asesinarla, si la joven no comparecía ante las autoridades. Se presentaron distintos cargos en su contra: intento de derrocar un gobierno; instigación de una guerra civil; utilización de armas para la insurrección; falsificación de documentos; planear el asesinato de rehenes; ser partícipe de arrestos ilegales. Se declaró culpable, aceptó la responsabilidad de sus actos y manifestó ante la Comisión de Perdones: “Si me dejáis vivir, no voy a cesar de clamar venganza y denunciar, en honor de mis hermanos, a los asesinos”.
La condenaron al exilio en Nueva Caledonia (una colectividad territorial francesa), donde entró en contacto con los nativos canaca y los instó a liberarse del yugo colonial. Durante estos años se acercó a las ideas libertarias. En 1880, el gobierno extendió una amnistía a las y los comuneros. Otra vez en su tierra, se enfrentó a otro proceso judicial por provocación e instigación a la violencia. Estuvo presa entre 1884 y 1886, fecha en que recibió una amnistía y se mudó a Londres, donde continuó su actividad política.
Ni triste, ni solitaria, ni final
Louise Michel fue llamada la “Virgen Roja” y el poeta Paul Verlaine la comparó con una Juana de Arco del proletariado. Victor Hugo (con quien intercambió correspondencia durante años) le dedicó varios versos. Admiraba sus preocupaciones, su entrega, su olvido de sí misma, su odio a todo lo inhumano; hablaba de “un resplandor visto en una llama”.
Incendiaria, chispa y fuego. Louise se refería a su propia vida como la combinación de dos caras en contraste: la de los sueños y el estudio, y la de los eventos (“como si las aspiraciones del período de calma cobraran vida durante la época de lucha”). Renegaba explícitamente de los estereotipos de la mujer como el “sexo débil”: reivindicaba el papel de “soldadas” en la primera línea y, por su parte, se sentía orgullosa de haber “pasado por la vida junto a las masas, sin dar esclavos a los Césares”. Defendía la lucha de las mujeres por derechos, a la vez que estaba convencida de que sólo en alianza con todas y todos los explotados y oprimidos podría conseguir la victoria de sus ideas.
Creía que el arte, la ciencia y la libertad eran tan imprescindibles para el alma humana como la comida. Y que todos los vientos de su vida “se mezclaban en una sola canción, un solo sueño, un solo amor: la revolución”. Murió en su país, tras una enfermedad, en 1905. La despidieron miles de activistas, representantes de sindicatos, grupos de izquierda y asociaciones antirreligiosas, en Francia y otras latitudes. Flamearon -como no podía ser de otra forma- las banderas rojas y negras.

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