Rescatar la memoria.
19/10/26
𝐋𝐀 𝐏𝐈𝐄𝐃𝐀𝐃 𝐃𝐄 𝐌𝐈𝐆𝐔𝐄𝐋 𝐀́𝐍𝐆𝐄𝐋 𝐎 𝐋𝐀 𝐈𝐍𝐃𝐈𝐅𝐄𝐑𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀 𝐃𝐄L PODER.
"En La Piedad de Miguel Ángel, el dolor era sagrado.
En la piedad callejera, el dolor es invisible".
Texto: Gabriel Artes Visuales
En medio de la ciudad, donde los vidrios reflejan el lujo y el olvido, una mujer sostiene a su hijo como si el mundo se le hubiera desmoronado en los brazos. No hay mármol, no hay templo, no hay ángeles. Solo cartones, una botella de agua, y la sombra tibia de una madre que, pese a todo, sigue siendo abrigo.
Mientras tanto, el poder habla de números, de déficit, de eficiencia. Dice que la pobreza es una elección, que la compasión es debilidad, que el mercado es justo. Desde esa lógica, la madre es una variable prescindible, un residuo de la empatía. La economía se erige como nueva religión, y su dios, el dinero, exige sacrificios humanos en silencio.
En La Piedad de Miguel Ángel, el dolor era sagrado. En la piedad callejera, el dolor es invisible. La belleza no está en el mármol sino en la obstinación del amor, en el pulso que todavía late aunque nadie lo mire. Y frente a la indiferencia institucional, frente al discurso que niega al otro, esa madre anónima es el último testimonio de lo humano.
Porque cuando el arte fue religión y la religión fue compasión, el mundo aún creía en el alma. Hoy, la escultura somos nosotros: figuras rotas en la intemperie, esperando que alguien, aunque sea por un instante, vuelva a mirar.
Seguramente algunos idiotas saldrán a comentar que esto no es de ahora, que viene de antes, como si señalar el pasado fuera una excusa para no hacer nada en el presente. Son los comentaristas cómodos de una vida que no les duele, espectadores de la miseria ajena que se consuelan diciendo “siempre fue así”. Claro que viene de antes, pero el hoy es urgente. Si antes no se hizo nada, eso no nos absuelve: nos condena. Somos nosotros quienes tenemos la obligación de romper esa inercia, de asumir que la indiferencia también es una forma de violencia. No se trata de salvarse el culo uno, ni de sobrevivir a costa del otro; se trata de que todos estemos bien, de recuperar la idea de comunidad como un gesto de resistencia frente al egoísmo. Porque si la historia repite la miseria, el único acto verdaderamente revolucionario es impedir que siga repitiéndose.
Y no nos olvidemos de un paso que no podemos seguir postergando: la educación política del pueblo. Porque un pueblo que no comprende los mecanismos del poder está condenado a ser usado por ellos. Nos falta aprender a leer entre líneas, a distinguir promesas de proyectos, gritos de argumentos, marketing de verdad. Mientras la ignorancia siga siendo política de Estado, los mismos soretes seguirán ocupando cargos importantes, decidiendo sobre nuestras vidas como si fueran dueños del destino colectivo. Educarse políticamente no es un lujo intelectual: es un acto de defensa propia, una forma de emancipación. Es abrir los ojos para no volver a votar verdugos, para no aceptar que nos digan que el dolor es mérito o que la pobreza es una elección. Solo un pueblo consciente puede mirar de frente la realidad y transformarla. Lo demás es repetir la historia de rodillas.
Lamentablemente, muchos jóvenes que creen tener una formación política o una militancia en este modelo nefasto de gobierno, solo son educados a través de memes que cultivan el odio y la ignorancia. Algunos adultos también adoptan esta postura, quizás porque aún no quedaron desempleados y la soga que tienen en el cuello todavía les permite respirar. Pero cuando la soga apriete, entenderán que el silencio también mata. Trabajemos para que esa imagen que presentamos como disparador no sea una postal más del presente, sino un recuerdo que no debemos olvidar jamás.
La memoria bendice la tierra, y de ella nacen el futuro y la dignidad de un país.
Texto: Gabriel Artes Visuales
15/10/26
" Rostros de Cristo." Ignacio Ellacuría.
"La situación de extrema pobreza generalizada
adquiere en la vida real rostros muy concretos
en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo,
que nos cuestiona e interpela.
Son los rostros de los niños golpeados por la pobreza,
rostros de jóvenes desorientados por no encontrar un lugar en la sociedad;
rostros de indígenas y de afro-americanos;
rostros de campesinos;
rostros de obreros, rostros de sub-empleados y desempleados,
rostros de marginados y hacinados humanos,
rostros de ancianos".
Ignacio Ellacuría.
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