Todas las madres del mundo,ocultan el vientre, tiemblan,y quisieran retirarse,a virginidades ciegas,el origen solitarioy el pasado sin herencia.Pálida, sobrecogidala fecundidad se queda.El mar tiene sed y tienesed de ser agua la tierra.Alarga la llama el odioy el amor cierra las puertas.Voces como lanzas vibran,voces como bayonetas.Bocas como puños vienen,puños como cascos llegan.Pechos como muros roncos,piernas como patas recias.El corazón se revuelve,se atorbellina, revienta.Arroja contra los ojossúbitas espumas negras.La sangre enarbola el cuerpo,precipita la cabezay busca un hueco, una heridapor donde lanzarse afuera.La sangre recorre el mundoenjaulada, insatisfecha.Las flores se desvanecendevoradas por la hierba.Ansias de matar invadenel fondo de la azucena.Acoplarse con metalestodos los cuerpos anhelan:desposarse, poseersede una terrible manera.Desaparecer: el ansiageneral, creciente, reina.Un fantasma de estandartes,una bandera quimérica,un mito de patrias: unagrave ficción de fronteras.Músicas exasperadas,duras como botas, huellanla faz de las esperanzasy de las entrañas tiernas.Crepita el alma, la ira.El llanto relampaguea.¿Para qué quiero la luzsi tropiezo con tinieblas?Pasiones como clarines,coplas, trompas que aconsejandevorarse ser a ser,destruirse, piedra a piedra.Relinchos. Retumbos. Truenos.Salivazos. Besos. Ruedas.Espuelas. Espadas locasabren una herida inmensa.Después, el silencio, mudode algodón, blanco de vendas,cárdeno de cirugía,mutilado de tristeza.El silencio. Y el laurelen un rincón de osamentas.Y un tambor enamorado,como un vientre tenso, suenadetrás del innumerablemuerto que jamás se aleja.
Miguel Hernández.

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